jueves, 18 de diciembre de 2008

El Kava-Kava de nuevo

Pero ayer, exactamente cuando describía cómo obtuve mi hombre espíritu, éste me reclamó: me recuerda que la familia Tepano me mostró muchos. Recuerdo que había de varios tamaños y de varios colores. El color, según explicaba la familia, era debido a que el makoy, la piel de los Kava-Kava, cambia según los años. Así es que un joven hombre espíritu es café claro, mientras que uno más viejo puede tomar una coloración color café tabaco. La edad se muestra en la piel de los descarnados de madera, esos hombres espíritus que aparecen en la Isla de Pascua cuando uno menos se espera. O que lo asaltan a uno en sueños. Quién fuera Kava-Kava, para cambiar de color conforme pasan los años. Y esto me lleva a una anécdota que me contó Rafael Baraona, hermano chileno, acerca de un hombre que era de color azul. El Beco ―que así se llamaba y que, a la sazón, fue marido de la poetisa Eliana Albala, avecindada en Cuernavaca― tenía el azulado color no por haber escuchado blues en abundancia, sino que lo había adquirido a fuerza de cigarro tras cigarro y afectar sus pulmones de tal manera que era muy difícil obtener aire.

Me miro al espejo, habría que mirarse al espejo para ver si no hemos cambiado de color con los años. Tal vez seamos Kava-Kavas, camaleónicos seres que obtienen canas, arrugas y nueva coloración mientras acumulamos años.

domingo, 7 de diciembre de 2008

El Kava-Kava

En verdad, después de treinta años de travesía hacia la Isla de Pascua, quería llevarme un Kava-kava, un hombre espíritu. Pero los precios eran elevadísimos: de hecho a uno de los vendedores le hice saber que tendría que escoger entre regresar a mi patria o comprar una de las figuras. Y eso fue un paso claro para comprender el mundo de los pascuenses o rapanuis: el comercio y el turismo. Mientras las políticas chilenas desprotegen a la gente de esa isla, y abusan de ellos por su condición de “virtuales exiliados”, la gente vende sus productos a precios exorbitantes. Todo en la isla es caro. El precio de las botellas de agua, por ejemplo, es elevadísmo. Pero esto es parte de la política hacia la isla: el aislamiento de la misma y los precios de los productos que se llevan, todo es controlado. Hasta los viajes a la isla lo son, a través de la única línea autorizada: LAN Chile.

En el mercado no adquirí mi Kava-Kava. No pude, pese a toda la intención que tenía de comprarlo y pese a que algunos Kava-Kava me guiñaban los ojos. Tuve que seguir observando las artesanías y sus precios elevados.

En la casa de un artesano, la familia Tepano, fuera del recorrido turístico, encontré mi Kava-Kava. O, prefiero decirlo, él me encontró. Por las tardes me mira con extrañeza, desde su lugar, con esos ojos de cartílago de tiburón y con la frente de la madera de la isla, el makoy, y a veces, pero sólo cuando la luz de la ventana entra en cierta posición, parece querer hablarme de los cuentos que no se escuchan ya en la Isla de Pascua.

sábado, 29 de noviembre de 2008

La selva sin mujer, la mujer sin selva

Recuerdo, pero no me pregunten de dónde o cómo, la vorágine verde en Centroamérica. La selva abajo, con su verdor floreciente, harta de belleza, extendiéndose más allá de todos los horizontes. Helechos de espectaculares tamaños, árboles añejos poblados de misterios, líquenes, lianas, extraños seres que se esconden. El mono aullador, por todos lados, dejando su rastro sonoro, pero ocultándose. El quetzal que esperamos ver aparecer durante casi una hora, sin resultado. Mientras, he tomado algunas fotografías, muy pocas en verdad. Un Monte Verde de presencias que hunden sus huellas y garras en las hojas secas. A la par del camino, el animal desconocido que gruñe y que nos sigue la pista, tal vez clavándonos su mirada, cuidándose, o esperando un descuido de parte de nosotros. Verde, Monte Verde en Centroamérica, poblado de inmensidad esmeralda con tonalidades grisáceas, azules, violáceas, negras, cafés. Pero todo verde. La llegada nocturna, la copa improvisada, fumar. Una presencia femenina en penumbras de conciencia y de sueños, de anhelos, que se enreda en el humo blanco de la noche. Elucubrar en que hay mujeres que no comparten esa selva abundante. Que prefieren guardar silencio con su cuerpo y que por más que muestran, se esconden. Alebrestado, en este recuerdo, intento sumergirme en una selva que no es. Pero en donde unos ojos me siguen, movimiento a movimiento, desde la espesura de una vegetación que ya no existe. La humedad de mi boca intenta revivir la selva. Son infructuosos mis afanes, la selva no crece, sólo escucho, casi en un quejido, a una hembra de mono aullador, a lo lejos, muy lejos. Y, de pronto, sólo hay, de nuevo, noche que se extiende en el silencio.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Así vino

Hoy, en que no encuentro un camino favorable, o en el que me encuentro en una encrucijada de saberes, querencias y memorias, recuerdo, vívidamente, el tango que emerge de una guitarra. No habría que preguntar por qué lo ubico en la penumbra, como si bajo la luz de un farol nos encontráramos siempre, al filo de una palabra definitiva, ya sea para un rompimiento o para un encuentro benevolente que permita la explosión de un beso único en las notas concurrentes de esta noche. No me pregunten por qué, pero también lo ubico con el sabor de un vino rojo, con el sueño de encontrar una boca que permita novedades acústicas, de una noche que se extienda hasta las tres de la mañana, con ires y venires, salidas y entradas, con la caminata a esas horas en que ni la luna se define en salir y el sol aún está en ayunas. Un tango, al igual que un blues, enredado en mis barbas y en el humo de mi pipa, que recuerda un tiempo no vivido, no existente, no hablado, no soñado, no tocado, un tiempo extraño en el que se conjuga la existencia toda de esta noche que no se me acaba aún.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Maori

Era una conversación nueva, agitada, extraña. Estábamos los dos bajo este cielo cambiante que irradiaba la luz del sol sobre nuestras pieles y, en segundos, una nube cubría el cielo y caían algunas gotas de lluvia, menuda, tímida. Y seguíamos conversando, con tanto qué decir de dos extraños que acaban de conocerse. Aunado a ello, yo contenía una espera de treinta años para entablar una conversación con él. Frente a frente, yo con mis gafas, él ciego desde hacía ya mucho tiempo, pero en pie, de una sola pieza, con la cabeza erguida, altiva, serena. El sol volvía a aparecer. Y las palabras fluían, a mí, que tanto me cuesta hablar; mal conversador me considero. La situación se prestaba para ello, para entablar un diálogo entre el pascuense y el mexicano, a mitad del océano Pacífico, en ese campo yermo con las piedras acariciadas por las olas, un poco más lejos. Una nube gris escupía algunas gotas. Hablé y hablé, con palabras que resultaban nuevas y no se agotaban. Él respondía, de vez en cuando con un tono nostálgico tan natural en esa isla. Hablé de tantas cosas… Hice un recuento de esos treinta años de gran espera.

Y el Moai me escuchaba. Y respondía.

jueves, 16 de octubre de 2008

Isla de Pascua

Era un sonido no identificable. Un motor que no cesaba de trabajar. Un rumor de barítono repitiendo un sonido zen. Un zumbido desconocido de tranquilidad. Me asomaba a la ventana y la obscuridad me respondía, con su velo negro, ignorándolo todo. Y ese sonido continuaba en sueños, continuaba pese al amor, pese al frío, pese al asalto onírico de no recuerdo cuántas cosas.

Fue hasta el día siguiente que, al asomarme de nuevo por la ventana, descubrí que todo ello era la voz del océano pacífico, al acariciar la piel de la isla. El mar se abría ante mí, con todos sus secretos. Enteramente.

sábado, 11 de octubre de 2008

Bienvenida del Anjel

El Anjel sabía de nosotros. Nos había visto acercándonos poco a poco a sus múltiples casas, hogares húmedos y otros de madera azul o verde. Nos identificó como los extranjeros en las tierras que llamamos Altos de Chiapas. Nos siguió con la vista a través de parajes, del asomo a cada manantial que hallábamos, atrapando la imagen del agua en cada paso. Nos vio acecarnos a los pobladores, platicar con ellos, caminar por entre las casas. Nos vio tomando pox. Por ello, cuando subíamos a la camioneta para viajar al próximo punto paraba de llover. Poníamos un pie en tierra y la lluvia regresaba. Era un poco más densa cuando llegamos al Tzontewitz y visitamos los altares. El Anjel estaba ahí, y no supe ―todavía me pregunto― si nos recibía con los brazos abiertos como esa infinidad de cruces azules y verdes, con la piel tatuada, o nos quería repeler. Creo lo primero, prefiero creer lo primero. El Anjel susurraba a nuestras espaldas, se movía entre la milpa, abría un ojo en el cielo. Y soltaba su lluvia. Incesante.

domingo, 28 de septiembre de 2008

El destino de una fotografía

Se trataba de estar ahí, de ver si podíamos hacer algún proyecto acerca de agua potable y comunidades yaquis. Pero se nos había advertido acerca de que no podíamos tomar fotografías. Desobedecer era poner en riesgo nuestras cámaras. Andando, Fernando Leyva y yo llegamos a un cementerio, donde se ofrecía una ceremonia, entre cruces de colores. Esa vez yo llevaba la cámara de mi abuelo, una Topcon reflex con visor desmontable. Eso significaba que, desde la cintura donde colgaba, quitándole el visor, podía ver, sin moverme demasiado, una pequeña pantalla en la que se reflejaba lo que mis ojos podían ver sin tanto lío. Recuerdo que la ceremonia se llevaba a cabo en yaqui y nosotros fuimos vistos con curiosidad mientras nos acercábamos, juntos. Esperamos un poco, parados junto a la gente, para transformarnos en invisibles. Sucedió luego de un buen rato: los pobladores dejaron de vernos y nos convertimos en parte de los espectadores, en parte de la ceremonia. Fue ahí donde no recuerdo si yo le hice una seña a Leyva o si él me la hizo a mí. Acuerdo tácito mediante, enfoqué lo mejor que pude. Con la pantallita de la cámara encuadré a una señora y en el fondo una barda de madera pintada de amarillo, un hombre recargado en una cruz azul y el esplendoroso cielo con blancas nubes. Tenía el exacto encuadre, no estaba seguro del foco porque a la distancia y con mi miopía me era imposible mirar con detalle. Diafragma en 22, para asegurarme.Velocidad de 500. El sol pegaba fuerte, era cerca del mediodía y eso ayudaba a que las mediciones de la cámara tuvieran las condiciones adecuadas. Miré a mi alrededor, perdiendo un poco el encuadre y recuperándolo casi de inmediato. Si los pobladores se daban cuenta de que tomaba una foto la cámara de mi abuelo podría desaparecer o, al menos, el rollo. Leyva se llevó la mano a la boca y, con precisión tosió, enmascarando el “click” de la cámara.

Capturé un momento de esa ceremonia. Años después, por cierto, perdí el negativo. La única fotografía impresa también la perdí, cuando presté un álbum fotográfico a José Antonio Aspe, que nunca me devolvió. Sólo sobrevivió la ampliación que mandé hacer y que conservo en una de las paredes de mi oficina. Estoy seguro que en cualquier momento, es ineludible, voltearé hacia el cuadro y estará en blanco, o se irá deslavando poco a poco…

jueves, 25 de septiembre de 2008

Opinión

Para Carlos Fuentes Ruiz
De Mélissa Theuriau opino que, ante el masivo asedio de su intimidad anhelada y debido a su belleza esplendente y axiomática, debe vivir un tiempo a mi lado para recibir cobijo sin ser mirada; que permanezca unos días admirable e intacta para resarcirse ella misma de la deuda que su belleza causa, y que luego de un mes de haber sido por mí visualmente ignorada, se asome sin ambages a mi sangre rediviva, latiente por obra de la nueva forma de vida que la observación actual de su rostro me anuncia y ofrece.

Así, el segundo mes me dedicaría a oler sus cabellos de trigo, a indagar sus perfiles sin mayor propósito que constatarla, a meter mi vista oscura en los ojos suyos, de agua, para remojarla; después de eso besaría sus labios con besos que sólo ella tendría y luego me entregaría de forma exclusiva a oler lo que las mujeres, de su cuerpo, tanto aplazan.

El tercer mes lo dedicaría a tocarla enteramente sin dejar de mirarla completa, de modo directo, también mediante espejos y con intermedio de un vidente que quedaría ciego al adivinarla y mudo tras vaticinarnos. Pasearía con ella por los viñedos, por las calles, por los cementerios, por los casinos, por las plazas, por las televisoras francesas y por el orbe de mis pensamientos difusos.

Si después de ello mi vida y su vida tienen ulterior e insobornable sustancia, quizá podría pensar en amar nuevamente y en amarla.

Si así hubiere sido, la primera mitad del quinto mes me enamoraría de lo que ella fuera mostrando en la cocina, en las escaleras, en la sala, en los sillones, en las orillas de las camas. Al fin, la segunda mitad de ese mes me olvidaría gradualmente de ella para estremecerme otra vez al volver a encontrarla.

Ya olvidada, el sexto mes entraría a la Red, accedería a la fotografía que de ella Carlos me ha enviado. Y le diría a mi amigo qué opino de Mélissa después de haberla buscado a través de ciertas ligas, de algunos vínculos, en determinadas galerías supletorias, intangibles, informáticas.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Casa

Las rutas quedaron atrás, en adelante no hay más que simas, campos yermos, playas sin puertos y una colosal muralla circundante, alta, muy alta. Allá, detrás de ella, hay un nuevo lugar, suficientemente ruinoso y desolado para pensar, reflexionar, sentir y por fin juzgar; en él haré juicio sobre lo ocurrido afuera y daré mi fallo; mi justicia será inflexible, incorrupta. He estado antes ahí. Será mi casa.

Abofetearé allí a la rabia para enaltecerla con su esencia, desgarraré a la cordura para desnudarla y de esa manera ensalzarla, verteré mis zumos agrios y exudaré mis dulces jugos. El veredicto no tendrá rasgo alguno de perdón; hallaré paz. Si algo queda, cantaré discretamente. Estaré afligido un tiempo, después traspasaré otra vez la muralla; saldré como quien descansa luego de haber matado y volveré a empezar. Habré honrado así mi soledad. Dentro y fuera, tendré un lugar.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Alejandro, ocasamente

Y digo que conocí a Alejandro más que tardíamente, ya en el ocaso, porque fue hasta que él dirigía el Instituto de Cultura del Distrito Federal cuando tuve la oportunidad de conocerlo personalmente. Me lo presentó Andrés, en un evento de poesía en pleno zócalo de la Ciudad de México. No puedo decir que recuerdo los poemas leídos por Alejandro en el corazón de la gran urbe. Eso no. Sé que leyó algunos contenidos en su libro Poeta en la mañana. Recuerdo, eso sí, el letrero gigante con el poemínimo de Efraín Huerta:

Dispense
usted
las molestias
que le ocasiona
esta
obra
poética.

Recuerdo también que esa tarde de poesía en el zócalo leyó Olivia de la Torre y que presentó su sillón para poetas Oritia Ruiz, mi compañera, y Andrés y yo nos dedicamos a “contemplar sus triunfos”, como dice el propio Andrés. Recuerdo que Aura estaba vestido de blanco, con un saco beige, según me indica la fotografía que le tomé ese día, aunque en mi memoria lo hacía todo vestido de blanco, no me pregunten por qué o cómo funcionan estos mecanismos extraños del cerebro. Tal vez el cabello cano se entretejía con su sombrero, bajaba por su ropa dándole un tono nacarado a su vestimenta, no sé. Sonriente, hizo cara de extrañeza, como si intentara reconocerme o mi rostro se le hiciera familiar. Yo intentaba decirle que tal vez me había visto desde el otro lado de alguno de sus libros, o desde atrás de la pantalla del televisor, o tal vez desde el micrófono, cuando cantaba esas canciones del pirata sin rabia. Era tarde, en la plancha del zócalo y Alejandro tenía que subir a leer. Me quedo con esa tarde, llena de tonos blancos, beiges y grises. De extrañas sensaciones y de la ocasión en que estreché, por primera vez, la mano de Alejandro.

martes, 16 de septiembre de 2008

Alejandro, tardíamente

Puedo decir que no conocí a Alejandro. Cierto que había leído algunos de sus libros, empezando por un extraño compendio de cuentos, Los baños de Celeste. Y a lo mejor lo primero que leí fue alguno de sus poemas en Mester, porque había algunas revistas derivadas del taller de Arreola, en la casa de mis padres. También recuerdo haber disfrutado de los programas de televisión Entre amigos y En su tinta y de haber escuchado un disco, El Pequeño pirata sin rabia, un cuento de Carmen Bullosa con música de Briseño, Hebe Rosell y El Séptimo Aire y con la voz inconfundible de Alejandro. Así que conocí a Alejandro y no. O a la distancia. Pero algo en lo que caigo en cuenta es que siempre estuvo presente: desde lo que he relatado, o la continuación, que fue que cuando hice mis pininos en esto de la comunicación para el desarrollo y hacía copias de videos sobre desarrollo rural (en ese entonces todavía se usaba el formato VHS), Aura era el locutor y varias horas las dediqué al copiado, escuchando su voz. También he sabido de algunas anécdotas de Alejandro por un amigo compartido, Andrés González Pagés. Es por ello que Alejandro siempre ha estado revoloteando por acá, a veces en forma de palabras, a veces en forma de poema, a veces en forma de anécdota; otras ocasiones, con la voz escarpada y con la entonación enfática precisa. Pero, entonces, quiero corregir: conocí a Alejandro poco a poco. Pero de forma tardía.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Contemplación

El terco empuje de la contemplación me lleva más a menudo de lo que quisiera a un estado indefinido, que tiene algo de tristeza y de melancolía, algo de serena inquietud y de pasmo reflexivo, sin que la acción de contemplar tome cuerpo rotundo en alguno de esos estados, sin que siquiera ese acto migre entre uno y otro de ellos, porque ninguno contiene al sentimiento ocasionado por la contemplación. Es estado contemplativo, me parece, y nada más; situación anímica recargada en el paso fatal, incesante, de las horas por la vida. Es contemplación, nada menos; una flexión del ánimo sobre el camino de las intuiciones, combinada con un torcimiento de ese camino, donde idear es un acto tan libérrimo que escapa al razonamiento auténtico, donde el doblez anímico trae consigo la anarquía del ensueño y nos desmadeja paulatinamente en sentimientos y sensaciones, sin deshacernos.

Es un momento que está a pocos pasos de ser neutro para la emotividad e inocuo para el discernimiento. Pero el momento no llega, porque tal pureza aséptica no existe. Es así un momento que en verdad pone a prueba al alma, y que supone mayor dificultad para ella que para el pensamiento. Éste suele salir avante del enorme peso que para aquélla significa hacerse cargo, involuntariamente, del carácter efímero de las galaxias más viejas y del que distingue a los insectos cuya vida se mide en horas, o del que atañe a los embriones abortados. Sin embargo para el alma es más difícil salir indemne de la contemplación recurrente, porque antes que pensarnos contemplando mientras contemplamos, padecemos la contemplación, sintiendo, sintiéndola con ella y en ella, en el alma. Sentir es así un arte supremo, mientras que pensar es un oficio artesanal; oficio muy sofisticado, pero que compete a la abstracción de sentimientos y sensaciones protagónicos, no a una naturaleza humana sentimentalmente agonista; naturaleza tan intensa que nos abate o nos exalta antes de que expliquemos y dictaminemos qué sucede, quién o qué es agónico y qué o quién desiste, qué agoniza y qué se rehace.

Durante mis reiteradas contemplaciones las piedras son tan frágiles como el polvo de su desmoronamiento, o tan lábiles como las facetas de su estratificación secular: son caras desvastadas, comprimidas, cicatrizadas y a veces desbaratadas por las eras. En efecto, en los últimos días, esas situaciones anímicas y sentimentales exaltan ante mi percepción la fragilidad de los mundos, la vulnerabilidad de los más fuertes corazones, la labilidad de las voluntades más recias, el debilitamiento de los más acrisolados amores, el decaimiento de los más tenaces pensamientos y de las más sentidas amistades. En momentos tales, nace, fuera de mi control, un heliotropo que se dobla y se cierra por las tardes, un coro de grillos que ensilla en sus cantos al jinete apocalíptico de una noche perpetua. Experimento piedad hacia el conocimiento, hacia los amores, hacia las moscas, hacia las palabras, hacia los triunfos radicales, hacia la belleza. Sería bueno que saliera un poco el sol, entonces.

¿De dónde podemos tomar fuerza cuando decae la nuestra? ¿Acaso de la constitución del alma de lo que nos es querido? ¿Tal vez de la descomposición de nuestros contrarios? ¿Quizá de ambas partes? El huracán que genera mar adentro la máxima estampida de sus fuerzas espirales decrece y se abate en el centro terrenal de la contemplación del mundo. Es cierto.

sábado, 30 de agosto de 2008

Nada

No hay misterio en la muerte, hay trances emocionales y temores instintivos en su derredor causal y casual, puede haber aplomo y a veces serenidad en las circunstancias de su aceptación, otras veces hay morbo en sus contornos, pero ella no embebe enigmas, no es continente de preguntas. Desoye, calla. Es sencilla, ordinaria, ni siquiera su fenomenología contiene asombro, aunque su inminencia es sudorífica y por ratos gélida o quemante; pocas veces resulta tibia. En ocasiones la presentimos de manera vaga y acometemos con bravura su lomo de leviatán; a veces se nos ofrece clara e inesperada en las escolleras de la conciencia y nos arredra con su cualidad contundente, o nos anticipa con avidez la anchura de su gran cavidad y peleamos con manos en apariencia duras o ardorosas contra los heraldos que envía, pero son manos lánguidas que bullen desprotegidas en el seno de un corazón táctil y fabril, gemelo del que hierve en nuestro pecho, batiente, sobrio, orgulloso, y que, como éste, sabe fecundar y amar, herir y matar, como nosotros.

Es cese la muerte, pero primero que todo es la íntima vecindad de la nada, es vacío, ausencia absoluta, el hueco adimensional por excelencia que existe para no ser allí, donde ello es sólo no ser. Como resulta inhóspita e imposible para ser, es llamativo que tenga un nombre acogedor y mullido, en el que caben todos los que ya partieron y donde todo lo vivo cabrá cuando la vida se quite. Algún día vendrá y nos cerrará los ojos, nos arrebatará por la fuerza el aliento, o lo tomará con liviandad.

A la postre, pues, traspasaremos la vecindad de la nada, no estaremos en un vacío ni en un hueco, sino en nada: no seremos, o seremos nada con esa nada, en ella. La muerte será entonces inmutablemente la nada, que no admite misterio, que consiste en aquello que no puede desentrañarse ni acoger a la razón para ser discernido, ni aceptar sensibilidad alguna para sentir; nada que, antes de llegar, únicamente puede intuirse o presentirse o ser balbuceada con esa palabra, “muerte”; efectuarse, en fin, en la fijación de un nombre que en su dominio y poder no permite sinónimos ni tropos, y que debido a eso y no obstante eso nos recorre y se anuncia con una rígida suavidad inusual, como la pluma de un pijul que cae sobre una espalda desnuda y la estremece, sin que la piel descifre qué es, y el cuerpo, ya mudo, deba atestiguar que ha llegado el adiós definitivo, el verdadero final.

jueves, 21 de agosto de 2008

Alejandro (3)

De Alejandro me quedo con su sonrisa florida y su mirada pícara, con sus palabras repentinas y con las escritas, con los ensayos de sus obras de teatro y su gesto actoral, con el brillo travieso que chispeaba en sus ojos cuando leía en voz alta incluso los más solemnes escritos, con la circunspección de sus silencios en apariencia imposibles, con lo que él dijo de sí mismo que era desvergüenza y yo llamé sinceridad.

De Alejandro me quedo con su elegancia mundana y su desenvoltura al narrar, con la estilización de su figura cuando se ponía de pie sin dejar de platicar; me quedo con su arrojo, con su valentía, con su gallarda manera de encontrarse con su cuerpo hecho ceniza, pero sombra también, una sombra que irá creciendo hasta hacerse una sola cosa con la oscuridad, como si hubiese estado diluyéndose infinitamente, sin fenecer, como si no fuera a borrarse, sea o no sea así.

Arranco a Alejandro del olvido, lo desprendo de allí merced a su imperiosa verdad. Me llevo a Alejandro a mi mesa para comer, beber y conversar. Con Alejandro me quedo; me quedaré con él cuando muera y me sea imposible escribir y ver, oír lo que dicen y callan de mí, enfadarme y retozar, cuando no pueda ser ni más ni menos que un polvo fantasmal que tal vez alguien recuerde episódicamente durante algún tiempo breve, no más.

domingo, 17 de agosto de 2008

Alejandro (2)

Empecé a frecuentar a Alejandro después de haber sido su alumno; me invitaba a su casa para hablar de poesía, de los clásicos del teatro español y de la literatura española, de la importancia de cocinar experimentalmente y degustar la comida con fruición; comíamos, bebíamos vino y a veces un poco de whisky; fumábamos un puro durante la sobremesa. Todavía no se instauraba el Sistema Alimentario Mexicano y el discurso político mexicano no enarbolaba al petróleo y a los alimentos como las prioridades nacionales en la antesala de un espejismo finisecular; corría 1978 o 1979.

Cuando necesité trabajo, Alejandro me presentó con Adalberto Ríos, quien requería el guión para un fotodocumental sobre los mayas; despaché el texto en dos semanas; luego me llevó con Santiago Funes, quien me puso a prueba durante un mes, como guionista y aprendiz de comunicación rural, en un muy notable programa de gobierno que actuaba en el trópico húmedo. A partir de entonces mi vida cambió de modo inimaginable: bajo la guía de Santiago incursioné en la vida rural y poco a poco conocí los quehaceres de comunicador y documentalista. Con el tiempo perdí de vista a Alejandro; hace más o menos un año lo reencontré a través de Don Daniel; ya vivía en España y llevaba camino andado en la aventura ecuménica que fue o es su blog.

La generosidad como don innato y cultivado, un carisma envolvente e imantado, numerosos talentos reunidos en una sola pieza y un temperamento industrioso fueron signos perennes de la grandeza creativa de Alejandro. Su manera de convivir con la enfermedad que lo devastaba y de entender la muerte fue ejemplar; fue, también, indicio incontrovertible de la poesía que le infundía vigor. La plena realización de la materia a través de la palabra hablada y escrita fue, en Alejandro, una oda, un himno, una alabanza del arte de conquistar, con dignidad, un momento honroso en el acto de vivir y un sitio encumbrado ante las puertas batientes de la muerte.

En los cimientos de lo que hoy soy está Alejandro; siempre estará.

jueves, 7 de agosto de 2008

Alejandro (1)

Hace 30 o 31 años conocí a Alejandro Aura. Lo encontré por vez primera una tarde de lluvia intensa, en las inmediaciones de la Casa del Lago, en el Bosque de Chapultepec, en la Ciudad de México. Él tendría unos 33 o 34 años; yo, unos 19 o 20. Me inscribí en el taller de poesía que dirigía Alejandro; lo estuve buscando por sugerencias de Enrique González Rojo, a quien yo le había leído algunos de mis primeros poemas.

Abandoné la carrera de medicina humana para escribir poesía más allá de la ortodoxia literaria, más acá del academicismo. Me hallé con ese tipo de escritura en el taller de Alejandro. La estancia en la Casa del Lago fue una de las mejores épocas de mi vida; Alejandro contribuyó decisivamente a construir esa época; fue mi maestro; nos hicimos amigos; le debo el aliento a una forma de vida que asume al acto poético como causa y efecto del más puro proceder del cuerpo que es espíritu. Un hedonismo singular estaba desde entonces de por medio.

A Alejandro también le debo la convalidación de aquellos momentos en que podemos leer al mundo viviéndolo con enjundia y disposición estética, pero sin aprisionamientos: es preferible ser libre que tener libertad. Eso lo aprendí de Alejandro; murió sin que lograra pagarle esas deudas. Alejandro vive y seguirá vivo en los acomodos léxicos (tan naturales en él, tan espontáneos) que hacen girar la manivela de la creación literaria y poética, o que son movidos por los giros de ésta. Es una manivela y son unos acomodos al alcance de todos pero que muy pocos mueven a tiempo, con constancia y acierto.

Alejandro murió hace ocho días; el día de su muerte, ya sabiéndolo muerto, le escribí y le envié una carta; sé que la leyó o que la leerá en algún momento, cuando halle un espacio en su propia y torrencial palabra.

martes, 5 de agosto de 2008

Alejandro Aura

Este 30 de julio el estimado amigo, escritor, poeta y vecino de blog, Alejandro Aura, se despidió de nosotros. El blog de Alejandro es: http://www.alejandroaura.net/wordpress/.

Transcribimos el poema que la compañera de Alejandro, Milagros, puso en el blog.

Salud, Alejandro, ya nos encontraremos de nuevo más adelante.


DESPEDIDA


Así pues, hay que en algún momento cerrar la cuenta,
pedir los abrigos y marcharnos,
aquí se quedarán las cosas que trajimos al siglo
y en las que cada uno pusimos nuestra identidad;
se quedarán los demás, que cada vez son otros
y entre los cuales habrá de construirse lo que sigue,
también el hueco de nuestra imaginación se queda
para que entre todos se encarguen de llenarlo,
y nos vamos a nada limpiamente como las plantas,
como los pájaros, como todo lo que está vivo un tiempo
y luego, sin rencor, deja de estarlo.


¿Se imaginan el esplendor del cielo de los tigres,
allí donde gacelas saltan con las grupas carnosas
esperando la zarpa que cae una vez y otra y otra,
eternamente? Así es el cielo al que aspiro. Un cielo
con mis fauces y mis garras. O el cielo de las garzas
en el que el tiempo se mueve tan despacio
que el agua tiene tiempo de bañarse y retozar en el agua.
O el cielo carnal de las begonias en el que nunca se apagan
las luces iridiscentes por secretear con sus mejillas
de arrebolados maquillajes. El cielo cruel de los pastos,
esperanzador y eterno como la existencia de los dioses.
O el cielo multifacético del vino que está siempre soñando
que gargantas de núbiles doncellas se atragantan y se ríen.


Lo que queda no hubo manera de enmendarlo
por más matemáticas que le fuimos echando sin reposo,
ya estaba medio mal desde el principio de las eras
y nadie ha tenido la holgura necesaria para sentarse
a deshacer el apasionante intríngulis de la creación,
de modo que se queda como estaba, con sus millones,
billones, trillones de galaxias incomprensibles a la mano,
esperando a que alguien tenga tiempo para ver los planos
y completo el panorama lo descifre y se pueda resolver.
Nos vamos. Hago una caravana a las personas
que estoy echando ya tanto de menos, y digo adiós.

Alejandro Aura




sábado, 26 de julio de 2008

Atracción deslizante

Inicio el descenso manejando con cuidado, mientras las llantas se mantienen firmes. Es la sierra norte de Puebla y yo viajo en un auto considerado como compacto, mientras trato de conocer mejor estos lugares, el verdor azucarado de agua en el ambiente, mientras la neblina se acomoda entre los cerros y las copas de los árboles. He ido a parar a alguna de esas comunidades que no aparecen en los mapas: lugares que aparecen y desaparecen con el viento y con la neblina. Y bajo, en el camino empedrado, mientras un chipi-chipi moja el parabrisas.
Pienso si encontraré a alguien abajo o, como a veces sucede, cuando aparece un auto extraño la gente se difumina. En esas estoy cuando aplico los frenos y el auto patina un poco, no puedo controlar el volante, me voy hacia la derecha, hacia la izquierda, las llantas no pueden sacar las uñas y aferrarse a las piedras, lisas, mojadas, de hielo. Tanto aprieto los dientes, con la pipa en medio, que no reparo en el dolor de la quijada. Sólo quiero tener el control del volante. Pero ahí voy, hacia abajo, zigzagueando, como si una fuerza magnética me atrayera hacia algún lugar allá.
Es la segunda vez que me ocurre esto: la primera fue en Cuetzalan, mientras bajaba por una de las calles empinadas, con una camioneta inservible para trabajo de campo. Aquella ocasión pude detenerme rozando las llantas con la banqueta derecha. Acá no hay manera de lograr que las llantas se aferren a algo. Intento mantener el control del volante, me parece que el auto aminora la velocidad, meto segunda con un jalón que sólo hace que me vaya de lado y que las llantas pasen por encima de unos matorrales. ¿Qué hay allá abajo, tan escondido o tan atrayente que ejerce esta fiera fuerza que me arrastra?

Un puente bastante estrecho para que pase un auto. Dos cruces, una en el barandal de cemento del puente, pequeña, con una flor roja amarrada; la otra, más grande, sobre una piedra. Un río caudaloso. Voy hacia allá sin poder frenar. Aprieto más los dientes, la pipa se hace de lado. La ceniza me cae encima y una brasa desaparece en el piso del auto.

miércoles, 23 de julio de 2008

Geisha

Para Carlos Fuentes, quien ama la belleza y admira la fuerza del azar.


En Guadalajara, la “hostess” del restaurante de sushi llevaba un falso atuendo de geisha; sus senos eran dos pináculos discretos hechos con puñados de arroz; de la cintura hasta los pies era una campana estrecha de tela donde las nalgas se movían bajo el fuelle estilizado de un ceñidor que afinaba la cintura y disimulaba pero hacía más atractiva la redondez de un higo exquisitamente hendido abajo y por la mitad. Quise prolongar la abertura trasera de la falda negra que escurría bajo el kimono que no lo era, cortarla o rasgarla en línea recta hasta descubrir el remate de los muslos en las rodillas, un poco por encima del gozne suave de las corvas, para que se mostrara así, de una vez, desde atrás, la parcialidad de la piel hecha oscuridad interior, humedad, musgo y rincón, convergencia de mis desvaríos, integración de mi vigor.

Sin embargo no perseveré, se hacía tarde, debía llegar al aeropuerto, así que sólo comí una ensalada de mariscos y, a falta de sake, bebí un vodka ceremonial mirando el maniquí de carne de una geisha intocable y verdadera, parada en la puerta. Esa vez no excité el azar, ni me evadí de él. ¿Para qué? Ya volveré.

sábado, 19 de julio de 2008

Quiosco

Para Ana Ponce, quien encuentra interesante este blog y confía en la brevedad.

En Acasico vive don Rafael y hay un quiosco que empecé a dibujar en mi cuaderno de notas. El día y la noche anteriores habían sido de lluvia continua y tenía interés por detallar con tinta azul una barda de piedras mojadas que recibía luz constante en las vísperas del mediodía. Pero el dibujo quedó inconcluso apenas después de haber completado los trazos más primitivos de la plazuela y de sus banquitas despobladas. Las marcas de agua en la barda fueron secándose y mi pluma no pudo tornarlas cerúleas en el papel; me pregunto si hubiera sido o no necesario terminar el dibujo. Nos fuimos. Tuvimos que reagruparnos y salir del pueblo sin que viera de nuevo a don Rafael.

A sus 82 años, don Rafael me previno antes de ir a desyerbar la milpa: aún soy joven, comparado con él; me queda mucho por andar, quién sabe si entretanto aprenda a conocer. Pero debo cuidarme de no caer por ahí, o si caigo, como el cayó ―fulminado tres veces por infartos inesperados―, deberé derrumbarme cerca de alguien o por donde pase la gente, para que algún comedido me recoja y no muera a solas, o para que al abrir los ojos me sienta vivo otra vez.

Si lo previsto sigue su curso, en agosto empezaré a estudiar filosofía, y Acasico será inundado en un año más; entre ochenta y cien metros de agua sumergirán la comunidad y su placita central. Quién sabe si para entonces pueda abrir los ojos por tercera vez, o encontrarme nuevamente con don Rafael, bajo el relámpago rojo del cardenal que se detuvo durante unos momentos en un cable de luz, después de cerrar mi cuaderno de notas y abandonar entre sus hojas el quiosco que pudo tener como fondo una barda mojada, ese quiosco donde un cuerpo dibujado con tinta azul podría esperar, reposar o simplemente yacer.

sábado, 12 de julio de 2008

Durmiendo

Pasos sin sueño, gerundios amontonados, pasar hasta la madrugada caminando, subiendo, bajando, vaso de agua mediante, fumar una pipa. Insomnio que es compañero de días y, ahora, compañero inseparable mientras camino en este refugio que me he creado como recuerdo de que mi mundo aún existe. La computadora debe esperar un poco para ver si puedo teclear algunas frases. Pero, mientras tanto, mejor platico con mi insomnio. ¿Que cuándo aparece? Desde hace años es colega inseparable de noches frías, de lluvia, de las calurosas e insoportables noches de mayo. Ahí viene, y creo que está puesto a armar una conversación amena. ¿El tema? No importa, lo que hay que hacer es dejarse llevar, apurar las palabras, decir lo primero que se ocurra. Diógenes, me dice; Heráclito, le contesto. Herbívoro; cazuela. Torrente; mujer. Y cuando este juego se agota nos vamos con los pasajes de libros. Ahí me gana, generalmente, porque tengo mala memoria. Me dice que en cuál libro una mujer baja la escalera de su casa mientras levanta la vista hacia la ventana derecha del edificio de enfrente. Y suelo perder. Pero también a veces le gano, sólo a veces. Mi victoria se da, rotunda, contundente, cuando apago la computadora, mi luz y me meto en la cama estrecha de mi sueño. Y sigo durmiendo en todo el día, porque no se aparece, hasta después de media noche. Y vean, que tocan la puerta. Ahí viene de nuevo para nuestra cita acordada.

domingo, 6 de julio de 2008

Humo azul en Santiago

Si el director de la biblioteca fumaba su pipa y me incitaba a hacerlo yo también, ¿por qué iba a negarme? Si de todos modos teníamos varias horas en su oficina para consultar libros y más libros que él, con la maestría que da el conocimiento de su propio espacio y la visión de los intereses de los demás, sacaba de los estantes de madera los volúmenes más apetitosos a la vista que uno se podría imaginar. Los acomodaba con cuidado sobre la mesa y contaba la historia. Los mostraba como esos tesoros encontrados que no pertenecen a nadie y, a la vez, son de todos. Los tomaba en sus manos como los más delicados hijos, como si en lugar de papel, cartón y piel fueran de cristal. Nunca he visto a nadie más tratar así los libros. Pero Rafa, que así le decimos quienes lo conocemos, fumaba su pipa y acogía el siguiente libro, para ponerlo sobre la mesa y, con una delicadeza que sólo da la edad y el amor continuo, abría el volumen y mostraba, compartía, otorgaba.

Es cierto también que el humo llenaba el cuarto y que, desde el piso de abajo, se arrastraban cuchicheos de las trabajadoras de la biblioteca, mezclándose con el humo gris azul de nuestras pipas combinadas. Prueba este tabaco, hermanito, como me decía Rafa, el buen Rafael Baraona. Y seguían los cuchicheos que, yo sabía, se dirigían a esos dos personajes, el chileno y el mexicano, con sendas pipas y llenando los libros de olor a tabaco. Pero si Rafa, siendo el director de la biblioteca, fumaba y me invitaba —es poco decir—, incitaba, —corrijo—, a encender la pipa, ¿cómo podía yo negarme?

Ahí fue donde un amigo de Rafa llegó, cuando abríamos un pesado y grueso volumen de proporciones ciclópeas, que tomábamos Rafa y yo de cada orilla y cargábamos como si fuera una tabla pesada o una estela maya. El libro era una edición facsimilar de un original del siglo XVII o XVIII sobre la botánica en el “Nuevo Mundo”. No me pregunten el autor ni el título, porque, me apena decirlo, no lo recuerdo. El amigo de Rafa se acercó a ver las ilustraciones y, al ver una mazorca dijo que era un choclo descompuesto. Rafa y yo nos miramos, sabiendo que este recién llegado no conocía México y, en consecuencia, nunca había probado las delicias extremas del huitlacoche. Rafa hizo una amable explicación de cultura gastronómica. Yo fumaba mi pipa con el tabaco extraído del estuche de mi colega, hermano chileno.

Y así transcurrieron las horas, hasta que las pipas se consumieron a sí mismas, el amigo advenedizo desapareció y los cuchicheos parecieron menguar, cansados de tanto escucharse a sí mismos; al mismo tiempo, nuestros estómagos reclamaban alimento. Ya regresaríamos a la biblioteca, en donde Rafa se deslizaba con más presteza y rapidez de lo que podía hacerlo en la calle, donde usaba su bastón de un lado y mi brazo del otro para caminar por esas calles tan nuevas para mí, tan conocidas de Rafa, mientras él hablaba acerca de su nostalgia por México. “Tengo por México una nostalgia que no me cabe en el cuerpo, hermanito”. Así lo dijo, mientras caminábamos por las calles de Santiago.

Regresaríamos horas después a la biblioteca, para pasar una tarde deliciosa acariciando el lomo de varios volúmenes, aspirando el tabaco en pleno duelo amistoso y comparando el idioma chileno y mexicano. Es la única ocasión en que recuerdo haber estado varias horas fumando pipa a dúo, tirando las cenizas y encendiendo la siguiente, mientras los libros se dejaban acariciar por nuestras manos. En este ménage a trois no había interrupción, condiciones ni cansancio. La tarde se deslizaba por Santiago, con tintes azulados y el humo de nuestras pipas creaba, con vehemencia, el tono que apuntaba al fin de ese día tan lleno de libros, de tabaco y de nostalgia…

jueves, 3 de julio de 2008

Quizá

Regresé de Yahualica y Guadalajara, también de Mexticacán. Allí conocí muy temprano a doña Cornelia y a su hija Esmeralda, mujeres enhiestas e irresistibles; Mercedes, Pesho y yo probamos las voces confitadas de su necesidad de hablar. Ellas nos convidaron café, tequila, cigarros, retratos de las hermanas trillizas y la presencia de un hombre que de joven fue guapo y ahora tiembla en el corazón de la soledad. Encima de nosotros había un tapanco al que se llega a través de una escalera elemental; debe de ser muy oscuro porque su piso es un techo continuo, perforado tan sólo por donde los maderos de la escalera lo comunican con las penumbras que hay en el cuarto pequeño, ideado para esperar y reunirse. Platicamos y reímos en dos silloncitos, atravesamos un patio de macetas floridas y de recuerdos encendidos en los que quizá con el tiempo riamos como fantasmas que se hacen jirones al empezarse a olvidar. Quizá.

Cuando regresé de allá abrí una ventana, como si con ello pudiese preservarme de lo que soy. Más allá de ella, en el suelo, avanza una estela larga y simple, pasajera como un velo de novia, extensa como una cascada espectacular. Tras ésta no habrá agua ni sangre ni cieno, lo sé; habrá en cambio un pensamiento confuso que no lograré olvidar ni recordar por completo. Hoy soy un recuerdo que recuerdan mis fantasmas indemnes, y que al paso de los años se desvanecerá.

jueves, 19 de junio de 2008

Miscelánea

Terminé. Las tomas y secuencias eran correctas. La edición estaba lista. El montaje era simple, austero, así pensé en Morelos, en la mesa de edición, tras revisar al hilo los spots; en una primera tanda produje unos diez o doce, uno por cada persona. Los pintores estaban atareados en sus cuadros, el escultor y las grabadoras hacían lo que correspondía, Jis trazaba caricaturas sobre una mesa de dibujo, Jorge Esquinca tomaba un libro de su biblioteca e iniciaba un manuscrito, Emilio García Riera revisaba una película mexicana en un reproductor de video y parecía dispuesto a escribir unos apuntes. Todos interrumpían su actividad y miraban a la cámara, hablaban. Al suspender el ensayo de una obra de teatro, Yosi Lugo y Moisés Orozco invitaban a usar el agua de manera apropiada. Ricardo Monroy leía en su casa un libro de Yukio Mishima, luego revisaba algunas fotografías y después asumía de frente la cámara. En Guadalajara había producido las tomas con mucha rapidez y cansancio pero ya empalmadas manifestaban una realización sobria y serena.

Sin embargo los spots no estaban sonorizados. Tenía dos pistas musicales que fueron producidas a manera de demo; debía elegir una de ellas; una fue compuesta por Alexis Blaess, la otra por Julieta Marón. En la música de Alexis dominaban los timbres brillantes, un ritmo variable pero sencillo, los ambientes festivos y una perseverancia impulsiva que progresaba en líneas quebradas. La composición de Julieta era pausada, de tonos medios, de acentuación rítmica urdida con sigilo, con un arreglo electrónico concentrado en movimientos ondulatorios. Elegí la música de Julieta; luego utilicé otras propuestas de Alexis para musicalizar una obrita de teatro guiñol creada e interpretada por Mercedes, Ana y Andrea.

En algún momento pensé que había escogido la música de Julieta porque ella me impresionó vívidamente cuando la conocí. Mercedes me llevó a casa de Julieta para convenir el posible uso de su música en los spots que serían televisados. Era una mañana nublada, fría. Guadalajara estaba extendida como el manto agreste de un erial rociado de llovizna. En aquella época mi vida empezaba a desordenarse y, sin percibirlo, estaba enfilándose hacia los extremos de casi todo. Más tarde mi vida fue desquiciada y excesiva, con tanta pasión desbordada que caía al suelo y no obstante avanzaba de prisa, como una cobra repentina que relampaguea en las arenas buscando remedio a la sed en sus propias toxinas. Pero antes de que así sucediera Julieta nos ofreció jugo, agua, té y café; yo le pregunté si tenía whisky; trajo un par; uno fue para Mercedes y otro para mí. Quizá Julieta bebió jugo o café, o nada, no recuerdo. Yo bebía hipnotizado, estaba en el filo de un sofá mirando de reojo pero con fuerza a Julieta, quien charlaba con Mercedes. La presencia de Julieta me inquietaba. Yo no era nada para ella.

En otro momento llegué a pensar que había seleccionado la música de Julieta porque sus atmósferas hacían resonar mis manías emocionales: nostalgia, sensualidad proteica, evocación, ensimismamiento, concentración en el asombro del otro, desenlace de la angustia, melancolía indulgente, cierta tristeza apechugada con cautela. Había en la música de Julieta una escalera de caracol desde la que se divisaba y quedaba inconclusa la arquitectura de construcciones anímicas, había evanescencias de horizontes nublados, disimulos de troneras en cerros tajados, ejercicios de niebla, tesón de aguas trémulas. Quien escuchase esa pieza debería completarla en el silencio de su sensibilidad encubierta.

Es obvio que mi atracción por la música de Julieta tenía la misma ligadura que me atraía hacia ella. Y también era evidente que yo no había causado ningún interés en Julieta. Con esa doble evidencia musicalicé los spots. Me parece que las imágenes y la música crearon una mixtura afortunada, quizá porque en los fundamentos del ejercicio expresivo, cuando ocurre un acto de creación, aun separadas, las tensiones espirituales de quienes concurren en esas tareas se incorporan e infunden vida a la urdimbre de la pieza forjada. En ese tipo de actos sobreviene una amalgama sorpresiva de intuiciones a veces afines y a veces disímbolas, pero la hechura definitiva compagina las diferencias y las similitudes en una miscelánea unitaria y vívida. Mercedes logró la difusión de los spots en un canal de Guadalajara, después hizo lo mismo en Sonora; su trabajo fue un auténtico triunfo. No sé qué habrá sucedido después con ese material; han pasado más de diez años desde que lo hice, en realidad transcurrieron ya casi cuatro lustros.

La semana antepasada digité el nombre de Julieta Marón en un buscador de Internet. Ahí estaba ella, en su madurez y en su sensualidad vagamente incorporal, en fotografías de tinte azul sobre un fondo blanco, como acuarelas pintadas con brochas gruesas de finísimas cerdas; en sus ámbitos cerrados y en las sinécdoques de su talento, en fotografías a color, como íconos de tinturas electrónicas. Ahí está ella, con sus poses fotográficas, con sus gestos leves, con su distancia de sonido interior. Allá está ella, en su contingencia inalcanzable. Allá está ella, viva en sus heterónimos, que llevan los nombres de las notas musicales moduladas con belleza. Yo estoy acá, extraviado en su música persuasiva, desdoblado en el carrusel de las invocaciones. Estoy aquí, en el preámbulo de la ceguera nocturna, días antes de que junio anochezca.

Y escucho Noche clara en la página electrónica de Julieta. Abrogo entonces de facto la ley del silencio, con los dedos que percuten en el teclado estas letras. Y también en aquel espacio escucho y veo el videoclip Qué rayos pasa, y me pregunto qué rayos pasa. ¿Por qué un punto luminoso empleado de manera insistentemente molesta como efecto de postproducción no clausura la verdad del rostro y de los ojos de Julieta cuando canta y prologa una danza? ¿Por qué los desenfoques constantes de la imagen de Julieta, también ingratos con ella y conmigo, no velan su sensualidad hechicera y mística, no la privan de ésta?

Es así porque Julieta sigue siendo para mí una realidad acústica cuyo contenido sustantivo es el hecho escueto de sólo poder escuchar su música, la imposibilidad de mirarla en vivo y de cerca, la improbabilidad de encontrarla en la calle e invitarle un jugo, un café o un whisky, o de hacer una llamada telefónica y escuchar el timbre de su voz hilvanando frases coloquiales; continúa siendo una realidad sonora cuyo contenido esencial es la palpitación de mis propensiones emocionales, de esas manías anímicas borrosas, confusas, ambiguas, definitivamente abstractas y reiterativas. Es así porque Julieta forma parte de recuerdos misceláneos, sustanciados en otras memorias que se asocian a veces sin pauta y a veces bajo pautas predecibles. Éstas y aquéllas se acomodan al capricho fantástico de los deseos, de las sospechas, de los sueños. Julieta es una orquesta que afina las cuerdas tras bambalinas, el revuelo de un rehilete en la balaustrada de un puerto soñado, una voz comedida conmigo cuando recuerdo que la conocí y que me valí de su música para dar horma definitiva a un conjunto de spots.

Después de haber hecho cerca de veinticinco spots para Mercedes realicé más de un centenar de videos, de distintos géneros, en muchos lugares. Después de veintisiete años de trabajo he creado y he participado en la realización de más o menos de 380 videos; rondando los primeros cien o ciento cuarenta fue cuando conocí a Julieta. Estuve atrapado en las imágenes y en los sonidos de lo que antecedió a ella, luego empecé a escapar hacia el centro de lo que vino después de ello. Hoy dejé atrás todo eso y recuerdo imágenes inmarcesibles, representaciones anárquicas, formas vicarias de las formas auténticas, formas que de varias maneras me atrapan progresivamente en sus significados inciertos, variables. Tras esas formas, hoy me inclino sobre las palabras, las agito con las manos y las bebo. Hoy está a mi lado una amapola sedienta, una orquídea epifita, una caracola de los médanos, una magnolia desenvuelta, una medusa plena de desencuentros. Son representaciones fraguadas con palabras, no con imágenes, del recuerdo de Julieta, y de la memoria de aquellos spots que hice.

La semana pasada volví a Jalisco y tomé un tequila clerical en casa de Mercedes, por invitación de ella; bebimos a gusto con Pesho y Roberto. A Mercedes le dije que escribiría sobre Julieta, y que le enviaría un mensaje a través de la Red. Nunca escribiré a Julieta, sólo conseguí merodear su nombre con estas palabras. Sin remedio, estoy atrapado en la fanfarronería y en la timidez del hombre nostálgico que en mí podría estar renaciendo, con controversias, con tropiezos.

Creo saber qué habrá mañana detrás de esta ventana desde donde veo la lluvia rociar el suelo, con rayas líquidas de escasa fuerza que estallan con puntos chispeantes y trajineros. Sé que la próxima semana regresaré a Guadalajara y a Los Altos de Jalisco; quizá veré otra vez a Mercedes y estaré en Yahualica. No sé si más adelante algunas pasiones me harán caer de nuevo y zigzaguear por el suelo como una serpiente presurosa que ansía beber su propio veneno. Es bueno saber que estamos en junio y que avanzamos entre las lluvias hacia el invierno. Mantendré abierta la miscelánea donde algunos sucesos se agrupan y van desmenuzándose en recuerdos que por su alteridad creativa no admiten gobierno.

sábado, 14 de junio de 2008

Unas rondas de mezcal

Simplemente habíamos pasado al mercado a buscar una guayabera y se nos ocurrió entrar en la casa del mezcal, en el centro de Oaxaca. De ahí a la serie de rondas que siguieron nos acompañó la música de la rocola hasta más no poder. Ida al baño y de regreso a la siguiente ronda de mezcales. Habría que imaginarse a tres que entraron muy orondos y que salieron medio alegres y con un andar sospechoso. Y habría que dejarlo en el andar, pero me ha dado, cuando me tomo unas copas demás, por soltar la lengua y, los que me conocen en mi mudez, quedan sorprendidos porque no paro de hablar.

De la ciudad de Oaxaca a Yanhuitlán me la pasé diciendo una sarta de pendejadas que no puedo reconstruir a conciencia. Es más, cuando llegamos a casa de la hermana de Eduardo y nos invita a cenar, yo ya estaba fuera de mí porque poco recuerdo: al día siguiente, al vaciar mis bolsillos, encontré algunas servilletas con teléfonos y correos electrónicos desconocidos. Parece que me solté a hablar acerca de zonas arqueológicas y uno de los comensales se interesó tanto que me dio sus datos. Uno de los correos electrónicos era de la sobrina de Eduardo —según me lo confirmó él después—, pero, con la pena del mundo, no he podido recordar qué le iba yo a enviar.
Así que el mezcal me alebresta la lengua. Los tragos me sueltan un discurso inacabable y tal vez lo que diga sean puras invenciones en el momento o las más acérrimas verdades, no lo sé. Lo que sí sé es que podría ser el suero de la verdad para mí porque no me pongo pesado con la frase de “yo te quiero un chingo”, sino que me sale a flor de piel decir las cosas sin tapujos. Eso creo, intuyo y acomodo, según lo que me contaron los compañeros que también tomaron las mismas rondas de mezcal. Ya luego, el sueño me invadió hasta que llegamos a Tehuacán, donde nos quedamos en un hotelito. Vuelta y vuelta de cabeza, con la borrachera encima no podía dormir, hasta que, al fin, lo logré.

Al día siguiente lo más curioso, ni trazas de cruda alguna, ni de memoria completa ni de hilar los temas de los que hablé bajo el efecto del mezcal. No sé si los cuates me cuentean con todo lo que dije, pero estoy seguro de que todo es pura invención literaria; hasta esto.

jueves, 12 de junio de 2008

Llegada a una de tantas Luvinas

La entrada al poblado estaba franqueada por dos viejas casas en ruinas, que provocaban que el camino de piedra se angostara de pronto y una sensación de opresión me invadiera, al dejar atrás los campos abiertos por donde habíamos pasado. Era así que llegábamos a uno de los pueblos que sería inundado por la nueva presa, en los Altos de Jalisco. Estas dos construcciones que marcaban sin un solo letrero la entrada única al pueblo estaban desmoronándose por el tiempo: paredes de tierra erosionadas, secas a fuerza de cuchilladas constantes por los vientos y por el sol. Detenidas solamente por un esfuerzo de la memoria.

Lo he dicho y lo repito: esperaba que Pedro Páramo nos saliera al paso. La calle continuaba con las casas apretadas, con miedo a desaparecer, a abrirse al espacio y apelotonándose por si una ráfaga de viento rugía su furia, su tempestad sobre ellas y pudiera arrancarlas de la tierra. Casa tras casa, puertas cerradas. Ventanas olvidadas. Casas cayéndose.

Una tiendita abierta, a la derecha y, a contraesquina, un espacio amplio, una pequeña plaza con la iglesia, un kiosco y un árbol que daba la única sombra en ese lugar. Sol casi a plomo sobre las casas, sobre los terregales de estancias de pobladores escondidos tras sus puertas. Tal vez muertos, tal vez fantasmas.

Bajo el árbol nos recibe un señor con sombrero y bastón. Amable, nos hace la plática y me da la impresión de que en cualquier momento se puede esfumar, haciendo remolinos en el polvo. Mientras Roberto y Eduardo se quedan platicando con él y Gemma va a la tiendita, yo me doy la vuelta para ver la iglesia. Sin estilo, sin nada atractivo, con una reja que impide el paso. Me dirijo al kiosco, subo, para ver si hay otra vista del poblado. Apenas alcanzo a ver el patio interior de algunas casas, también en ruinas. Las paredes carcomidas, como si feroces coyotes gigantes hubieran mascado a dentelladas los adobes y los ladrillos. Veo más ventanas olvidadas, con cortinas que alguna vez se levantaron y que ahora permanecen mudas e inmóviles. Me parece que detrás de cada cortina espera un difunto. Tal vez habrá algunos esqueletos sentados en las viejas mecedoras. Tal vez no haya nada dentro de las casas. O sombras que atraviesan esos espacios cerrados.

Me reúno con el grupo. El señor, campesino de toda la vida, ya no puede trabajar porque está mal de la cintura y lo demuestra, porque se levanta y se sienta, se apoya en una pierna y en la otra, como no encontrando tranquilidad al dolor molesto de la cadera. Hablando, reclama que quienes han venido a platicar acerca de la presa lo hacen entre risas, como si fuera un chiste el hecho de que los pobladores tendrán que cambiarse de lugar de residencia, este pueblo que ha visto pasar por lo menos ocho generaciones, según nos cuenta el campesino. También dice que los asuntos serios se hablan sin risas y que nadie ha venido a hablarles seriamente sobre su futuro reacomodo. Que las tierras que les ofrecen unos metros más arriba, donde será el nuevo poblado, son pedregosas y no aptas para el cultivo. En las tierras que hoy pertenecen a los pobladores se siembra maíz y chile, hay un afluente del río Verde en el fondo de la cañada y pueden regar sus parcelas. Arriba no tendrán ni tierra apta, ni cultivos, ni riego.

Un rato más y nos despedimos del campesino. Era hora de visitar el río, ver algunas parcelas rebozantes de cultivo de chile y aspirar un poco de polvo. De regreso, al pasar por el poblado, veo el árbol y a unas cuatro o cinco personas que se han juntado para platicar, seguramente, de los extraños que acaban de llegar: nosotros. Los fantasmas que se juntan para conferenciar antes de volver a sus casas tapiadas de soledad.

No quiero voltear hacia atrás cuando salimos del poblado porque temo ver que, con un remolino de viento y tierra, deje de existir ese lugar espejismo, donde estuvimos, con sus casas derruidas. Con su lento estar lleno de hastío, con sus paredes desgajadas y sus espectros saliendo a mediodía, montando un escenario para aquellos que todavía visitan este lugar que no aparece ni en el mapa.

sábado, 7 de junio de 2008

Camino de terracería, por favor

Y sí, de pronto, en ese andar en camioneta durante gran parte del día, uno ve pasar las manchas verdes de los árboles, hasta que se llega a un camino de terracería y los pensamientos se vuelven lentos, uno toma el ritmo del andar de las ruedas sobre las piedras y sobre la tierra y el asfalto ha quedado atrás como promesa de vuelta al mundo acelerado de la urbanidad. Porque aquí el tiempo se ha detenido, aquí en estos caminos de los Altos de Jalisco, los pensamientos no vienen tan rápidos: es un viaje en el tiempo, el tiempo histórico y literario, quiero decir, porque uno se enfila hacia el pasado y hacia, invariablemente, los libros de Rulfo.

Los lugares que conocimos, dos poblados olvidados, casi fantasmas, con casuchas a medio derrumbar y terrenos áridos, con las ventanas rotas y algunas alambradas descuidadas, están, efectivamente, en los rincones del mundo donde nadie va. Así que hablamos con algunos fantasmas que todavía se mantienen en su tierra con recuerdos y con el sabor de la conversación a bocajarro. Es ahí donde hago la comparación acerca del tiempo, porque en estos lugares uno podría decir que ha viajado cuarenta años atrás, ilusión que se nos quita de encima cuando vemos entrar al poblado al camión de la Coca-cola.

Pero a lo que me quería referir era a que mis pensamientos iban a ritmo de la rueda, se amontonaban, se alebrestaban, se adelantaban a mis hechos. Porque en estas fechas hay cosas que me preocupan más de lo que quiero aceptar y el cambio de camino —asfalto por tierra y piedra— me permite tomar las cosas con más tranquilidad. Ya hablaré de estos poblados, desde otra perspectiva. Hoy no puedo dejar de decir que para tomar las cosas con calma hay que caminar despacio, darse a la tarea de ver las piedras que uno pisa y eso lo conseguí viajando a estos lugares de olvido, de tierra y de sol, en una cañada que aún conserva la armonía del pensamiento calmo, constante, recurrente, pero, a la vez, fresco.

Así que cuando tomamos camino de regreso a Guadalajara mis pensamientos volvieron a acelerarse: así he llegado hoy a Cuernavaca, completamente acelerado, sin respuestas, con pensamientos agolpados de tanto machacar con rapidez el asfalto de las carreteras y autopistas.

viernes, 6 de junio de 2008

Camino al Papaloapan

Jaime Suaste y yo teníamos esacasos pesos para seguir nuestro camino hacia la cuenca del Papaloapan y nos habíamos quedado esa noche en el puerto de Veracruz, para descansar un rato, esperando que nos depositaran los viáticos al día siguiente. Apenas nos alcanzó para pagar una habitación. Sabíamos que si no depositaban pronto no tendríamos para desayunar y nos quedaríamos abonados en el hotel, sin poder salir. Tal vez aceptaran que limpiáramos algunos cuartos o que laváramos autos.
Ni Jaime ni yo llevábamos más dinero. Aunque en el trayecto habíamos comido algunas fritangas, papitas, dulces, galletas y refrescos, la panza pedía alimento. Hurgamos en nuestras bolsas. Unas monedas, apenas, descansaban ahí, acurrucadas. Y salimos, por supuesto, a La Parroquia. Hicimos cuentas, rascamos en los bolsillos y con esas monedas esperanzadoras cenamos magistralmente, como no esperamos cenar para quedar satisfechos: cada quien tomó un café lechero y un pan. Como la merienda que me servía mi abuela.

martes, 27 de mayo de 2008

Mirar

En los últimos diez días he contemplado con detenimiento obsesivo algunas imágenes de ciertas esculturas de Bernini; son superlativas. De forma especial llaman mi atención tres encuadres de “El rapto de Proserpina” y la vista en plano americano de un ángel enfocado desde abajo y de lado, desde un sitio muy cercano al pedestal que lo soporta. Es una criatura sorprendida en el cataclismo de su condición angélica; fue detenida por el artista al borde de una acción humana irrealizada; su gesto posee la actitud de quien, desprevenido, parece vaciarse de propósitos, y su ánimo, sin ser ambiguo, quedara en suspensión relativa, como un coloide ensimismado en sus partículas. Las soluciones plásticas de ese rostro confieren mirada al ángel. No obstante carecer de los pormenores que en una pintura dan vida a los ojos, la piedra está animada porque el ángel atisba, mira o ve.

Entonces, como lo hago recurrentemente, he vuelto a preguntarme qué define la mirada, qué caracteres la hacen ser o la deciden y qué clase de manejos debe realizar quien esculpe o pinta o incluso fotografía para infundir vitalidad por los ojos a sus figuras, a sus imágenes, a sus criaturas. En verdad me interrogo por la mirada del artista. En vías de contestar de modo personal, recuerdo un trabajo audiovisual que hice hace más de diez años. Sé que no obtendré respuestas que me satisfagan: sin remedio, quedaré extraviado otra vez en devaneos.

En una semana grabé a varios artistas de la plástica y a un par de escritores que vivían en la capital de Jalisco. En su ambiente de trabajo, ellos deberían decir ante la cámara un lema relacionado con el uso responsable del agua. Las tomas así generadas estructurarían una serie de spots en video. Mercedes, amiga de los artistas, ideó la producción de esos materiales para que fuesen transmitidos en un canal de televisión de Guadalajara como parte de una campaña, que ella misma diseñó, sobre el uso adecuado del agua.

Grababa cuatro o cinco artistas por día, entre las diez de la mañana y las cuatro o cinco de la tarde. De esa manera, disponía de menos de dos horas para transportarme de la casa, del taller o del estudio de un artista al de otro y atender ahí, en cada sitio, la grabación de los spots.

El problema no era menudo porque trabajaba solo; si bien Víctor me trasladaba en auto entre un sitio y otro, yo me ocupaba por mis propios medios de diseñar al vuelo las situaciones de grabación, sin disponer de antemano de algún guión o story board, en espacios y con personas que desconocía. La actividad era fragorosa, aun físicamente, porque debía mover entre 12 y 15 kilos de equipo, a solas.

La acumulación de jornadas me entregaba en las noches mezclas de dolores musculares y sensaciones caprichosas en las que se revolvían olores de tintas, de madera y de pinturas con imágenes de equilibristas, animales, máscaras y torsos humanos, olores de solventes, libros, ropas y el sello aromático de algún espacio de cada casa y de cada cuerpo a cierta hora del día con las fragancias de los colores de aceite saliendo de sus tubos o causando atropellos y fundiciones de pastas exquisitas sobre las paletas.

Mis noches iban siendo un guirigay de sensaciones e imágenes, así que, insomne, bajaba al bar del hotel por unos tequilas y a oír al pianista. Pero aun en el bar y luego en mi habitación veía una máscara de Ismael Vargas a través de los anteojos de Luis Valsoto y a Martha Pacheco rematando un grabado del retrato de Carmen Bordes inscrito en una piedra pómez de medianas dimensiones, y a Carmen haciendo un aguafuerte con los dedos pensativos de Martha mientras entraban en un tintero. A Paul Nevin lo veía bruñendo la escultura monumental de una cirquera pintada por Judith Gutiérrez con tonos púrpuras y magenta sobre una pared caliza, mientras Jis trazaba un garabato donde estaban todos encubiertos, incluidos Jorge Esquinca y Emilio García Riera.

De forma contraria a lo que podía esperar, la algarabía de mis noches de escaso sueño y mínimo reposo fue un auxilio para centrarme de día como un dardo en las obras y en algún aspecto de sus autores. Así, en breve conseguí relacionarme con las obras o al menos reaccionar frente a ellas como un puñado de limadura de hierro que es arrojado al aire a escasa distancia de un magneto: atracción instantánea, fijación inmediata.

Después de completar las jornadas de grabación, ya en Morelos, mientras editaba, reconstruía los caminos técnicos que había abierto no mi mirada sino la pronta atracción que me fijó a los cuadros y a sus autores, en sesiones pautadas por la inmediatez: la determinación de los ángulos en que desdoblaría una acción, la dirección y la cantidad de luz, la combinación de planos y movimientos de cámara para construir escenas o secuencias.

Ahora, mientras escribo, recuerdo a los cuadros en tanto que prolegómenos del encendimiento de las formas, de los atributos polimorfos de la luz, y del movimiento abductor de los colores con el que éstos escapaban del lienzo debido a sus tropismos. En particular, al rememorar con detenimiento, noto que, a su manera, cada cuadro desarrollaba teoremas sobre la intensidad, la pluralidad, la heteronomía, la diversidad, la autonomía y el tránsito de ida y vuelta que hay entre la percepción y la sensación. Lo que aún en este momento sobresale de manera insistente de entre el conjunto de estilos, materiales y proyectos pictóricos son los ojos de Pilar Bordes. A ella, a Carmen Bordes, a Martha Pacheco y a Paul Nevin los había grabado el primer día.

Los ojos de Pilar eran una entidad del vuelo, una plasmación de la mirada que adviene y aprehende; para llevarlos a un primer plano, pero sin valerme de acercamientos con las lentes, los iluminé en su momento con un listón de luz obtenido mediante el acomodo apretado de las aspas de un reflector. Tocados por esa cinta, los ojos lucían intactos en su mirar completo; expuestos al torrente oblicuo de 500 vatios, meditaban en su fuerza contemplativa e inhibida, esplendente y prensil, contenidos en la inmanencia de su disposición para ver. Tendían un hilo inductor, excavaban un túnel de adivinaciones bifurcadas, extendían un teleférico para atravesar el precipicio que separa las formas definidas de las formas presentidas. Eran unos ojos-mirar, el sustantivo fundido al verbo, el objeto hecho acción, la unificación de la presencia y el viaje, la consubstanciación de la parte y el todo.

Los ojos de Pilar insistían en el desmembramiento y en la reintegración súbitos que hay en un determinado momento del acto de mirar, en el estado en que esa operación no puede ni necesita calcar o copiar una forma, sino percibir y agrandar la vibración originaria de la que brotan las cosas justo antes de definirse en su apariencia singular, para tomarlas en el punto preciso de su transfixión, donde su continuidad tiene cesuras y comienzan las grietas profundas en las que explota la materia que las hace únicas, irrepetibles, exclusivas.

Puedo admitir que la mirada del artista parte de la desestructuración como condición inicial: monta sobre lo que de origen capta incompleto o desmontado, instituye y constituye como parte de una necesidad creada por la destitución que por principio percibe en los campos observados. He de decirme que en realidad la mirada del artista no interroga, sino que impone una afirmación que no halla más caminos dentro de él que los afloramientos imperiosos de su percepción. En esa operación, la mirada del artista coexiste con una naturaleza que le es externa y con la propia, produciéndose un encuentro si no tormentoso cuando menos inquietante entre él como observador y el mundo como cuerpo observado.

¿Qué miraban de fijo y en realidad los ojos iluminados de Pilar Bordes mientras hablaba a la cámara manteniendo a su lado un autorretrato al óleo? ¿Qué miran los ojos descoloridos del ángel de Bernini que miro con obstinación? ¿Qué miraba Bernini en su modelo para dar mirada a la piedra? No sé. Supongo que miraron lo que yo deseo definir, conocer, mirar. Pero en sentido estricto no podré saber qué inventaron esos ojos al ver, porque lo que observaron no es el objeto que yo veo sino lo que le precedió. Por lo demás, ¿qué es mirar con arte, con propiedad, si no inventar la identidad de lo que la luz y las sombras nos ofrecen en sus choques fascinantes con las cosas, estremeciéndolas para crear la definición de lo que son?

Hoy, que dejé de lado el trabajo audiovisual, extraño un poco esa posibilidad que ofrece el acto de mirar a través de una cámara, y de recrear con un montaje de imágenes y a veces de sonidos las propiedades de lo vivo. Un poco añoro el manejo de la forma en que la luz se entrega a la vista para hacer de un detalle y de un conjunto mínimo de elementos el tropo decisivo de lo que cada cosa es, de lo que puede ser y de lo que debe ser. También extraño el bar del hotel tapatío donde me hospedé, el piano y los tequilas.

Por supuesto mi mirada videográfica nunca fue la del artista, nunca lo será, cuando más consiguió emular, sin embargo algo me orilla a seguir insistiendo en el intento de vislumbrar con propiedad, algo me instiga a perseverar en el atrevimiento de mirar, y de aprender a mirar.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Cuaresma

El agua se ofrece especialmente agitada a la quilla, esa cuaresma, ese día, esa aurora. El oleaje brilla detrás de Luis, rasguña su silueta oscura con fistoles de energía ambarina, la desborda con manchas que ciegan y la atraviesa con popotillos por los que la atmósfera chupa la médula taciturna de quien pesca a solas. A través de esos tubillos el agua inocula, en Luis, los gérmenes fundamentales del movimiento continuo. El agua hace suya la personalidad del hombre de Mismaloya; al apropiarse de ella contiene en su superficie el casco de la canoa fabricada a mano y traza el reflejo del pescador con una interpretación semoviente y quebrada de sus contornos dinámicos.

Pocas veces el pálpito del lago consiste en una única lengüetada que principia y termina en un lado de la barca, en cambio, con mucha frecuencia, el latido del lago radica en la generalidad cambiante del espejo de agua, donde éste fluctúa como si pudiese sobrepasar su embalse y baja y levanta la canoa con un batallón industrioso de ondas. Las fluctuaciones mayores de los niveles de agua semejan el efecto curvo del paso de rodillos que ruedan bajo la superficie, determinados a llegar intactos a las orillas, aunque al cabo se achican; ahí, en la ribera, no obstante porfiar en lo que a sus dimensiones concierne y haber disminuido de tamaño, triunfan en su frecuencia, se realizan en la constancia periódica que mantienen; luego se aplanan y se desbaratan formando un ir y venir de lenguas obcecadas sobre la arena. Sobre esos movimientos generales del agua se forman hojuelas simultáneas y diferidas, desiguales e irrepetibles en la particularidad de sus cambios y de su forma exacta, pero que la mirada sintetiza en la apariencia de una uniformidad casi inmóvil: espejismos largos, disparos perennes de brillos multitudinarios, una estampa de tintas lustrosas que el vocabulario abstrae y sustancia en la palabra oleaje. Aquella agua toma el carácter de Luis y lo irradia dentro y encima de sí.

Con una torsión del tronco, mediante una flexión poderosa, lenta, uniforme y combinada de la cintura y los brazos, de modo seguido hacia el frente, abajo y atrás, emulando un péndulo al recomienzo de su ciclo, dobladas un poco las piernas, con la intención de hacer un muelle de ellas, para generar más fuerza, Luis se inclina, se ladea con una red doblemente empuñada, y, en un solo tiempo con la unidad pendular que es su desarrollo completo, envía las manos en dirección del pecho para que la maniobra incipiente y el peso del arte de pesca las lleven hacia la espalda, en un movimiento continuo, a la manera de un discóbolo, a la manera de un matador agachado que embiste a dos manos con su lanza, como un lanzador de atarrayas que encamina su esfuerzo a los estratos someros de las aguas.

La atarraya sale de las manos de Luis. Una rotación de las muñecas y la apertura oportuna de los dedos inducen la expansión de la red. El envión del columpio formado por las canillas, la extensión de los brazos y el regreso del torso y las piernas a su postura erguida deciden una parte del trecho que en su lanzamiento recorre el arte de pesca. La otra parte de esa distancia es decidida por el tamaño de la cuerda que une la red con una muñeca de Luis. De la barca escapa una ameba que avanza y se ensancha en el aire; una malla de araña es tejida en breves instantes; una u otra crecen, se abren, suben y se desenvuelven totalmente. La ameba baja, pega en el agua, disuelve su cuerpo en el líquido. La telaraña deja un rastro de superficie, primero redondo y luego amorfo; las aguas bullen, cicatrizan desde el revés de su superficie móvil. Jalada por los pesos de su periferia, la atarraya se hunde en un mundo que difumina la luz, es el mundo de los bragres, de las mojarras, de las carpas, de las chompas. Mientras desaparece en niveles acuosos más bajos, la malla va frunciéndose, envuelve lo que halla, y antes de ser recuperada, los bordes de Luis participan por última vez del oleaje rasado con rayos de sol progresivamente menos oblicuos.

La elevación del sol sobre las aguas devuelve la imagen de Luis a otro territorio, a la verdad contundente de la pesca y de los pescadores. Una literatura que diese cuenta de ese terreno debería afirmar que allí se subsumen y mutan la silueta, el talento y la grandeza de Luis; ahí, otros quiebres recortan un desdoblamiento o una descomposición distinta de su imagen: las milpas son ralas, los lirios atrapan a las barcas, los especuladores del mercado medran sobre las espaldas de los hombres de pesca, las cooperativas del pueblo riñen, aumenta la competencia desventajosa entre esos grupos y los pescadores-pirata que comandan lanchas rápidas, los inspectores y los ayuntamientos se corrompen, la pobreza de los pescadores alimenta discursos municipales, los hijos abandonan el pueblo y a sus padres, las esposas envejecen entre los comales y las redes, los muertos están generalmente solos, el cementerio creció y su expansión empieza a frenarse.

No hubo pesca, no será bueno el día, me dijo Luis al volver a la orilla con una captura magra; habla conmigo de las chiripetas que bebe, de que el mundo es mundo y así debe vivirse. Luis festeja con sus amigos el inicio de la cuaresma y, de no ser por ello, no tendrían esperanzas de nada en los próximos cuarenta días.

El lago ha tomado durante años la figura quebrada de Luis y su gente. Es cierto, pensé en Mismaloya, no hay esperanzas de mundos mejores, tampoco probabilidad de que las haya, sólo hay algo que nos sorbe la médula y a la vez nos inyecta los gérmenes fundamentales de un movimiento continuo; sólo hay algo que fluctúa y que brilla, algo como agua que resplandece, oscurece y se mueve, sólo está la voluntad de seguir haciendo de eso la explicación y los afectos que dan carnadura a las capacidades constructoras y destructoras de la vida.

sábado, 3 de mayo de 2008

Mudez

O la ocasión en que, anudados mis labios, recorría la calle con la vista y los pensamientos iban a ras del asfalto, mientras pensaba yo en el paso siguiente, siempre en el paso que sigue, adelante, mientras me dirigía a la oficina en una de esas mañanas en que uno no encuentra la salida ni la alternativa precoz a la nada que ocurre por sí sola. Con pensamientos que iban a ningún lado, así me fui en el trayecto, cuando pensaba si valía la pena tanta sobriedad del mundo, tanto amor derramado sobre las ganas, tanto trabajo inútil de llenar las horas de cosas urgentes que, en verdad, no son urgentes. Urgencia la de poner palabras sobre el papel en blanco, urgencia la de besar sin descanso a la mujer amada, urgente estrechar la voz de la hija por teléfono, urgente sentir los chinos enredados con la sonrisa del hijo, urgente retomar un camino que muestre y no que oculte, la vereda por donde se pueda transitar a brinco abierto, a trote incapaz de tropiezo, en la llanura donde, tirándome, en verdad empiezo a levantarme.

Me enloquecía en ese trayecto mañanero, sobre si lo que escribo tiene algún caso, algún lector que siembre unas ideas, si lo que hago todos los días vale la pena y sobre la cotidianidad brumosa de los miércoles, de los jueves, de ese entrar y salir constante en la rutina y que, al tratar de romperla, es tan veleidosa, tan terriblemente fuerte, que siempre obliga a retornar al campo conocido, pisado, tomado, como territorio con marcas de orín de perro. Así, mi territorio, el cuarto de refugio de cuatro por cuatro, sabe ya la rutina de los días, las mañanas, las noches y las madrugadas, me acoge con viento, con lluvia y con polvo, me devuelve a los días circulares (obsesivos días circulares, diría Sainz) y me lleva, en una carreta de madera con chirridos de llantas mal afinadas por el violinista experto, hacia la necedad acendrada del informe perfecto, de la nota incólume, de la firma de los veintisiete documentos diarios, del correo electrónico para consultar y responder, de las llamadas de urgencias con las que las instituciones disfrazan los días y la vida de la gente: la opacan, la mantienen con la correa atada al cuello.

Esa mañana iba yo en ésas, dando miradas de mañana ensombrecida, de días que se desea caigan en sábado, de esperar un tiempito para fumarse una pipa y poner algunas palabras en la pantalla de la computadora, abrir algunas páginas por Internet buscando una información novedosa para la próxima investigación, poniendo de vez en vez un nombre ruso en un buscador de la Internet para ver si se consiguen datos para la próxima novela, la que se ha armado a través de los años y que arrancaré un buen día de éstos, cuando me desaparezca del mundo una semana y me decida retomar al vampiro que se ha quedado entre las páginas de mi libreta de apuntes, como las flores que las novias enamoradas dejan en sus libros.

Iba yo en ésas, cuando las voces de Jorge y de Andrés, que van sentados delante, piloto y copiloto de una nave colorada que corta las calles y el tránsito, me arrancan de este viernes con sabor a lunes: iba yo en esas mañanas en las que uno se enreda por sí solo en su ovillo. Y les reclamo, deshaciendo el nudo de mis labios, poniendo la mirada afocada, en consecuencia: ¿Por qué interrumpen mi silencio?

viernes, 25 de abril de 2008

Consunción

De amplitudes medianas se habían apoderado las caobas y los cedros componiendo apelotonamientos difusos que no comprendí al recorrer el rancho los primeros días. El orden al que obedecían los sitios asignados a los árboles, la distribución de éstos, su finalidad y la estrategia empleada para dar nueva vida con ellos a una selva más o menos intervenida fueron rápidamente entendibles cuando don Jesús me explicó su utilidad, manejo y ubicación, en el suelo, con trazos rápidos marcados sobre la arena y en un papel arrugado del cuaderno de uno de sus sobrinos; pero al estar entre aquellas maderas preciosas vivas y después divisarlas a la distancia, mirando más tarde un abigarramiento extendido de plantas y animales de crianza, toda explicación dada por don Jesús resultaba o bien insuficiente, o bien una especie de trapacería efectiva, que desde luego no era tal; el campesino no era hombre de faramallas. ¿Cómo partir de lo adverso que fue esa mancha selvática averiada para realentar en ella un nuevo verdor? ¿Cómo hacer convivir especies que por naturaleza compiten, a despecho del orden establecido y también del que estaba estableciéndose? ¿Cómo encauzar tanta vida donde lo vivo naciente, por su demasía explosiva, se consume o atrofia antes de prosperar hasta la plenitud? Más que la bonanza, la consunción procurada es un arte, supone un conocimiento añejado en observaciones detenidas de los mundos de las plantas, de los animales y de la gente, conocimiento que había sido cultivado por don Jesús.

San Dimas era un rancho basado en el principio de mimesis de la milpa maya. Había palmas de guano y pitahaya, plantaciones de maíz, calabaza, yuca, mandioca, naranja agria, mandarina, limón, lima, plátano, hortalizas y plantas medicinales endémicas. Además, don Jesús tenía apiarios, gansos, guajolotes, gallinas, toros y vacas, borregos pelibuey y cerdos. Don Jesús vivía para ese lugar; era inquisitivo, perspicaz y diligente; lo mismo cargaba cestos rebosantes de naranjas que llevaba cochinos a la venta, o podaba los árboles de cítricos; lo mismo discutía con rabia sobre la desidia de la burocracia agropecuaria, que bailaba alegre en las fiestas; era de mirada impenetrable y de ojos limpios; era a la vez dominante y permisivo, rudo y juguetón: un mandamás, un niño; un peón, un patrón; un trovador, un administrador. Los cerdos eran uno de los más grandes orgullos de don Jesús.

Los cerdos habían sido criados en estado casi salvaje; gozaban de una libertad inusual; primero habían estado sueltos en el monte, con una vigilancia apenas suficiente para suplementar su alimentación, si hacía falta, y dar cuidados mínimos a las crías, si era necesario. En ese encuentro de los cerdos con su hálito primitivo, una puerca gigante desarrolló impulsos caníbales que tenían origen en una compulsión por comer la carne de sus prójimos, no en la necesidad de alimento; la segunda o tercera vez que parió, devoró a sus crías, y luego, al poco tiempo, furtiva, espiaba a otras madres y a sus lechones, habiendo elegido lugares óptimos para esconderse; en el momento oportuno emergía con su barbarie desbocada y arremetía a dentelladas contra los puerquitos; era bizarra de por sí, y se envalentonaba todavía más con los gruñidos que profería al atacar. Como diezmaba los criaderos, don Jesús debió cazarla, como a un jabalí.

Don Jesús quería entrar al chiquero porque su cumpleaños reclamaba una cochinita para ser preparada en horno de tierra. Antes de entrar a las zahúrdas donde estaban las camadas de lechones y crías medianas, don Jesús sacó de ahí al semental, un verraco gigantesco, muy parecido a un zepelín exagerado en su diámetro ecuatorial. El campesino entró a la zahúrda con un ayudante. Junto al verraco, los campesinos eran un par de niños tilicos. El lomo de tan magnífico cerdo llegaba un poco por arriba de la cintura de aquellos hombres. Un grito de don Jesús asonó con el de los cerdos. Un gruñido inmediato de la bestia superó el lance gutural del campesino. Otro grito y un golpe de garrote en los cuartos traseros. Un resoplido estentóreo del marrano. Una orden del amo. Una réplica del cerdo. Una contraorden del puerco. Una concesión obediente del amo seguida de una embestida fallida del verraco, y, de improviso, una sumisión inesperada del cochino. Cuando el semental parecía haber cedido a la voluntad del amo y estaban muy cerca sus cuerpos, el verraco dejaba llevar su corpulencia hacia don Jesús en un tambaleo, y éste flaqueaba como muñeco relleno de borra, pero ganaba compostura de nuevo y arremetía contra esa campana catedralicia de carne y huesos, que tañía con el badajo descomunal de sus bofes bárbaros. Atenazando la cola, don Jesús buscaba estar siempre detrás del semental, fuera del ámbito de su vista y de su hocico. Al fin don Jesús y su ayudante condujeron al verraco a unas trancas de manejo; ahí lo encerraron con una viga colocada en diagonal entre las cercas. Desde lejos llegaba el olor elegante de los azahares, de los naranjos y limoneros, y se mezclaba con los de la zahúrda y el del sudor de los hombres. Las copas juveniles de las caobas y de los cedros sobresalían apenas de los cítricos, a lo lejos.

Don Jesús llegó hasta una cerdita blanca, de pelo y color uniformes, perfectamente proporcionada, mansa como un perro casero; antes de tocarla le habló con suavidad y afecto; ella lo miró con actitud de acuerdo. Pero al intentar asirla por las patas traseras y por el cuello, el animal corrió en zigzag en su corral, derrapando en el piso y chillando con la fuerza de un silbato ferroviario. Don Jesús se afligió e intentaba calmarla, hablándole, pero el animal se escabullía y peleaba. Don Jesús la atajó con su propio cuerpo y contra una esquina de la zahúrda. Todas las cerdas de la porqueriza chillaban de manera pavorosa, como si con la continuidad, el tono y el volumen de sus gritos pudiesen paralizar al captor de la cría y ahuyentar a quienes presenciábamos su captura. Los gansos se añadieron con sus escandalosos refuerzos al ataque sonoro de las cerdas, también sonaron las reses, los gansos, las gallinas, los totoles, los perros… Los animales silvestres para mí indistinguibles formaron un coro de pánico. La muerte pasó aullando y pateando entre los corredores vegetales y las antenas instintivas de San Dimas.

Don Jesús salió de prisa del chiquero y entregó la cochinita a su hijo para que la sacrificara. El puñal había sido alistado con anticipación. Don Jesús detuvo a la cerdita mientras su hijo le atravesó el costado izquierdo. El metal entró parcialmente al chocar con las costillas, luego siguió su camino interior, sesgado, sin penetrar hasta adentro. El joven sacó el puñal de la puerca. La sangre manaba pasiva, caliente; hacía grumos granulados y gelatinosos al mezclarse con la tierra. La cochinita no moría; por el hocico jalaba la vida; su chillido tomó una tesitura distinta, demasiado cavernosa para provenir de una bestia niña y bella; un barítono modulaba con tonos bajos en su garganta, y luego recomenzaba el tiple. Ello hizo sentir muy mal a don Jesús; turbado, molesto y compungido, tomó para sí al animal; él solo aprisionó a la cerda contra sus espinillas ayudándose con las rodillas dobladas a medias; metió con determinación el puñal por la misma herida, de un solo golpe, fuerte, directo, entre las costillas, entero, hasta la empuñadura; muñequeó sobre la hendidura como si machacase hojas suaves de chaya en un mortero, con la punta del puñal haciendo óvalos adentro; actuó calmo, clemente, piadoso, con seguridad completa. El gemido del animal cesó, y los ruidos de San Dimas también, sin embargo la mano de don Jesús proseguía con sus movimientos de cigüeñal o de leva reventando y haciendo más grande la abertura invisible del corazón, aunque la visible, la del costado, se mantenía igual, como una boquilla besadora y sangrante por la que había escapado la vida para arraigar en el suelo. Unos cuantos hilos rojos chorrearon el pañuelo blanquísimo y perfecto que era la piel de la cerda. En cualquier momento podía salir volando una paloma blanca de ese pecho, o un puñado de mariposas de alas blancas y salpicadas de arrebol.

Los limoneros, los naranjos y el estiércol esparcían su bálsamo en el ambiente, movido por el capote desplegado del viento caliente y seco. Los cítricos y las maderas preciosas parecían haberse acercado a nosotros con la consunción apurada de la cerda. El agujero para el horno de tierra era todavía un ombligo estrecho. La esposa y las hijas de don Jesús preparaban aguas de naranja y de pitahaya, y salsas de chile habanero. Una de las hijas canturreaba, con azahares en el pelo y en una oreja. Dos mesas estaban vestidas con manteles de hule, de estampados florales, y servilletas deshiladas y bordadas con colores rojo, amarillo y violeta.

Con respeto supremo, don Jesús sacó el puñal, lo entregó a su hijo, levantó a la cerda y la llevó a una tabla usada como mesa junto a un horcón. La existencia de los animales se percibía por su silencio. Mi amigo José Luis y yo seguimos a don Jesús y a su criatura inerte. Al mirar las manos de don Jesús comprendí el origen del orden peculiar que había en San Dimas, escuché las palpitaciones de los cedros y de las caobas, el bullicio reavivado de esa selva en su renacimiento. Con la mirada lánguida y el pecho salido, don Jesús honraba a la pequeña bestia caída; cargó a la puerca como se lleva en brazos a un niño cansado, dormido, que habrá de alimentarse con el sueño para vivir otra vez, otro día, feliz y perpetuo.

martes, 22 de abril de 2008

Fobia

Me hospedé varios días en ese hospitalito rural porque era la única posibilidad de vivir en un pueblo que carecía de hotel y de casas de huéspedes, y porque era conveniente vivir en el centro de población, y no en la ciudad de Colima, para involucrarme a fondo con la gente y crear una perspectiva narrativa adecuada al video testimonial del que estaba ocupándome. Porque no había ningún paciente internado y el lugar se vaciaba en las tardes, la doctora encargada del hospital me permitió pasar las noches en la sala de internos, donde había unas quince camas vestidas, limpias y desocupadas. El enfermero me avisó que espantaban de noche: varios pacientes, muertos en agonía aflictiva, moral y física (apuñalados o baleados unos, consumidos otros por infecciones incurables, a veces corroídos por culpas inconfesas o agravios no perdonados), aparecían a mitad de la noche en las que fueron sus camas, se levantaban y arrastraban los pies al andar por los pasillos, con sábanas o batas ensangrentadas o llenas de secreciones, esputos y vómitos infecciosos, o de pus. Así, de noche, el hospitalito se convertía en una voluminosa enciclopedia de ultratumba, escrita con el sufrimiento emocional y corporal de los agonizantes, o pasaba a ser un cartapacio lleno de rezos hechos con gemidos de los moribundos, murmurados antes de expirar.

La primera noche dormí tranquilo en la sala de hospitalización. Elegí una cama baja, colocada en el extremo de una de las dos hileras de muebles que había en aquel cuarto grande; la escogí porque era la que menos rechinaba y porque estaba cerca de una ventana, que mantenía abierta para airear el espacio. Antes de acostarme me puse una bata blanca del hospital, ligera, bien ventilada, de las que usan los pacientes cuando son revisados o pasan varios días en cama.

La segunda noche, la oscuridad casi completa y los sonidos colados a la sala de camas obraron en mí, poco a poco, con un efecto que no experimentaba desde que era niño. El ruido de un arrastre entró a la sala a través del corredor principal. Al moverme en el colchoncito rechinó la cama. Esperé inmóvil intentando distinguir el ruido; no se repitió, pero el sonido de una frotación indefinida llamó mi atención porque no provenía de las camas, sino de afuera del hospital. Me levanté. Descorrí la cortina y me asomé a la ventana mirando hacia un pequeño patio interior que tenía árboles y matas; el viento balanceaba las ramas oscuras; nada más se movía. En el extremo opuesto de la sala escuché un deslizamiento suave, parecía haberse producido dentro del cuarto grande en el que estaba. No fui hacia allá porque habría tropezado con las camas, disimuladas, como estaban, por la oscuridad. Supuse que un tlacuache o una rata estaba moviéndose en línea con el muro, en el otro patio interior. Los grillos seguían con su trabajo nocturno. El deslizamiento continuó con su desconocida faena. Supuse que eran varias ratas. Volví a la cama. Me llevó un buen tiempo recuperar el sueño, porque las ratas son mi fobia magna, menguan mi ánimo, aniquilan mi serenidad, ponen a prueba mi temple.

La tercera noche no podía dormir; esperaba atento algún ruido, aguardaba la señal de unas uñas escalando los muros, algún indicio de hociquillos royendo cerca de mí, la audición de colas anilladas rozando las patas de la cama contigua. Me levantaba de la cama, me volvía a acostar y me levantaba otra vez. Las ratas podían haber penetrado durante el día y estar atentas a que el sueño me dejara impasible para hacer de las suyas. Veía lo que no había y lo que no deseaba ver, pensaba lo que no debería pensar. La piel comenzó a reaccionar ante la metralla de mi imaginación. Empezaba a presentir el aliento pestífero de las ratas junto a mi cara y el tocamiento de su pelaje insoportable, de sus cuerpos fofos, calientes y agitados; comencé a sentir su mirada astuta mientras esperaba verlas frente a mí cuando quizá podían estar a mis espaldas. Ante esa posibilidad, me replegué contra una pared, pero los roedores podían treparme a la cara desde los pies; volví a la cama y, echado, daba vueltas en todas direcciones.

La cuarta noche, las ratas corrían por cada rincón y en los sitios llanos de mi fantasía; en pocos minutos dieron cuenta de las paredes que separaban a ésta de la razón; sus dientes destrozaban y masticaban mi cordura, hacían trizas mi lucidez en un festín bestial. El veneno de mi fobia fluía negro, presuroso y letal por mi sangre. En cada latido el corazón movilizaba sustancias que hacían rapiña de mi voluntad. Antes de golpear la pared con las palmas para ahuyentar a las ratas inexistentes, escuché un golpe blando más allá de la enfermería. Eso desaceleró el proyectil mórbido en el que viajaba mi imaginación. Fui a la ventana, abrí las cortinas para dar paso a la escasa luminosidad exterior, localicé el interruptor de las lámparas, que estaba en el corredor; encendí la luz y llegué a la enfermería; estaba cerrada con llave, revisé a través de su ventanilla. No había nada extraño, sólo estaban los bultos de sábanas apilados sobre una mesa y una bata colgada en el perchero. El ruido debió producirse más allá de la enfermería, en el consultorio. Decidí ir allá. Sentía el espinazo de fuera, las uñas disparatadamente crecidas, los puños de hierro, los dientes cortantes, los pies golpeadores. Era el homicida en ciernes, la víctima que victima, el monstruo temible, el peleador incólume, la bestia terrible. Era, incluso, el raticida perfecto.

Llegué al consultorio; había orden. Al lado de ese cuarto estaba el de trabajo social, que no tenía ventana; pegué la oreja a la puerta… silencio. Sólo faltaba revisar un cuartito situado al fondo de un pasillo angosto. Los grillos seguían trabajando con sus raspadores orgánicos. Giré el picaporte. Abrí un poco la puerta. A través de la ranura miré la oscuridad. La débil luz que entraba desde el pasillo me dejó ver un cuarto en apariencia vacío y completamente cerrado, sin ventanas. Tenía los pelos crespos, como los de una rata aterrorizada y lista para desgarrar. Si yo era la rata, tenía pavor de mí. Metí la mano y la moví en un muro hasta encontrar el interruptor, pero no servía. La oscuridad era densa. En busca de una cura para mi aversión, en el marco de la puerta, me convertí en un agonizante apuñalado, en un moribundo letalmente infectado, en un espanto con bata de hospital empapada de sudor venenoso, que arrastraba los pies. La oscuridad me llamaba con sus brazos de raso y de brea. Abrí por completo la puerta y entré en las tinieblas, anhelante, conmovido, extenuado, dispuesto a pelear.

Archivo vivo

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