domingo, 15 de noviembre de 2015

El lago Atitlán

Inmensidad de mar terrestre en una mirada. Azul que destella los pálidos reflejos del sol y que se vuelve espejo del cielo, poblado de nubes. Montañas que cercan el lago, que se divisan como fantasmas, como si hubieran formado parte del paisaje desde hace mucho y quedara una esencia deslavada por la bruma en las inmediaciones de este gran lago.

Lago de origen, aguamar viva, lago que conocieron los más antiguos linajes que poblaron lo que hoy conocemos como Guatemala. El lago Atitlán, majestuoso, se muestra y permanece ahí, a pleno sol. Desde un mirador, entre la carretera que va de Xela a la ciudad de Guatemala, apenas se divisa el lago. Pero su presencia es tal que siento que me sumerjo en él. Y vean, todavía traigo un poco de ese lago en mis ojos.

domingo, 27 de septiembre de 2015

A una pared de distancia

Nos separa una pared. Material de concreto de unos treinta centímetros de espesor separa una habitación de hotel con agua caliente y una cama mullida de la intemperie y de un colchón viejo, oloroso y habitado por tres o cuatro personas. Una pared hace la diferencia entre un cuarto cómodo y el frío de la calle, la inclemencia del veleidoso clima que puede llegar a derramar todas sus lágrimas sobre los andrajosos que duermen en ese colchón callejero. Es un grupo nutrido, no son sólo tres o cuatro. Es un grupo heterogéneo, no solamente son hombres, sino mujeres, ancianos y jóvenes. Andrajosos, van por el día envueltos en su existencia. Andrajosos van por la noche envueltos en cobijas de olvido. Son los invisibles, los que nadie quiere ver, en los que al posar la mirada hay un dolor en la retina que obliga, de inmediato, a querer separar la mirada de su existencia. Y están a una pared de distancia.

Oigo a uno de ellos, una noche. Aúlla. No es un grito, no es una queja amarga de dolor. Es un verdadero aullido prolongado que penetra por la minúscula ventana del baño de mi habitación. El aullido tatúa la noche y la deja sangrando con la existencia de estos seres andrajosos, que seguramente buscan acomodo en el colchón viejo, mientras tratan de no pasar frío con unas cobijas gruesas que sirven de abrazo ante el frío de la noche.


Al día siguiente los veo, en plena luz del día, reunidos en torno a ese viejo colchón, detrás del hotel y casi frente a una estación de bomberos. Son los invisibles, los que tienen voz de aullido por la noche. Ahí están, en una calle de la capital de Guatemala. Como si pertenecieran a esa calle que los acoge, como si fueran parte de la decoración de una calle. Como si fueran trozos de ropas ennegrecidas que se mueven sin ser. Nos separaba una simple pared.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Incendio de la manzana

Hay un eco en la noche, como si un mensaje intentara propalarse por el viento enrarecido de una noche que todavía huele a quemado. Noches antes se incendia una manzana entera en Xela, con bares y negocios y el fantasmal olor a quemado aún no se diluye ni aunque el día acendre sus rayos solares a ratos sobre la calle o que la lluvia intente llevarse ese olor a chamusquina entre los ríos que van al desagüe. No. El olor a quemado persiste como memoria necia de un acontecimiento que no debería haber sucedido y que se dio en una sorpresa de estallido de fuego. Ahí están las ruinas, con el espectro del humo sobre su lomo, con el ruido crepitante de los fogonazos que se escucha, pese a que ya no hay ni fuego ni humo ni manzana. A pleno día aún, con atención debida, se logra escuchar ese crepitar de la lumbre. Aún en pleno día. Aún a plena lluvia. Los policías y militares resguardan el lugar, como si alguien pudiera sacar de ese lugar algo: polvo de reliquias y de muebles, de techos y de mobiliario de bar. Eso sólo se podría sacar. ¿Qué resguardan estos milicos? ¿Acaso el aire tornado en ceniza o ese necio crepitar de la llama invisible que aún se puede escuchar bajo el ruido de los autos que pasan a un lado, bajan la velocidad para que los pilotos puedan observar el esqueleto de la manzana completa que permanece, sin dignidad y sin vergüenza,  tirada así tan desnuda en plena calle? ¿Qué queda de los bares calcinados sino el recuerdo voraz de tantas noches de alcohol y de música? Yo he conocido esta manzana calcinada. No ha quedado ni una semilla. El olor sí que llena la calle, aún. El fantasma de los bares y negocios rondan Xela, de ahora en adelante. Eso, sí, y también el crepitar del fuego que sigo escuchando mientras enciendo una pipa.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Y que las piedras rodando se encuentran

Así, sin más, sale la voz aguardentosa desde la entraña, la voz que surge en una noche guatemalteca después de unos whiskys y al fragor de una guitarra bien afinada. Las ganas de cantar fluyen por el espacio en el que nos hemos construido, en la parte alta del K-fe en Xela, Quetzaltenango, bajo el abrigo de Eduardo, entrañable colega guatemalteco. Rodrigo, músico aunque no se autodenomine así, es quien forja las notas y yo quien forjo la voz. Remedo de Lora, remedo de unas piedras rodantes, la música fluye y espero no desentonar. La voz me sale desde el nudo de mi entraña, el nudo de mi ser en cada nota que se desparrama por el lugar y llena de música el espacio. Rodrigo me acompaña, tremendo guitarrista que también suelta la pasión en su compañera guitarresca, que aúlla a voz en cuello murillesco la tonada en la que nos emparejamos. Es el efecto whisky, creo, es el efecto de las ganas de soltar la voz, las cuerdas, hacia las afueras, hacia el contacto con el aire de la noche y depositarse en el oído de los asistentes. Sin haberlo planeado, sin haberlo sabido, sin haberlo ensayado, nos vamos de nota en nota por la noche, y yo suelto un poco de esto que se me revuelve en el estómago, en el pecho: cantar es volverme hacia afuera, aguzar la garganta y forzar el sentido de ser afinado. Cantar es sacar un poco del nudo de mi pecho en la nocturnal estancia en un café lejos de lo que llamo hogar. 

sábado, 7 de septiembre de 2013

Pozuelos, nostalgia chiapaneca

Un punto de referencia en la cuenca del Valle de Jovel  era el paraje en el que hacía algunos años había trabajado. Fue en 2007 cuando pisé por última vez el paraje de Pozuelos, y ahora, seis años después,  regresaba.  El camino que conducía a Pozuelos era de tierra y las calles del poblado no estaban pavimentadas. El tiempo que invertíamos en llegar al paraje se había transformado a la mitad, ahora. Ese fue el primer choque de mi memoria de mis temporadas de trabajo en Pozuelos: el tiempo había cambiado porque al paraje se llegaba muy rápido y la carretera lo permitía. El poblado había cambiado: casi en su totalidad tiene calles pavimentadas. El espacio de entrada al poblado, donde se encuentran unas cruces, un kalvario, y la casa de uno de los rezadores y curanderos  era un espacio totalmente distinto de aquél que yo conocí. En este espacio cada año se realiza el cambio de Mayordomo del Agua (Martoma Vo’), en fechas cercanas al 3 de mayo. El terreno que ocupaba la casa del curandero y rezador había sido afectado por estas obras de pavimentación y el solar de su casa se veía, ahora, reducido. Daba la impresión de que se encontraba en una “caja de tierra”, porque la casa (y lo que permanece de su solar) se encuentra  a dos metros con relación a la altura del pavimento de la carretera.  Siguiendo por el poblado vi más cambios: la escuela ahora tenía un techo de láminas y se veía remozada y pintada.

 Muchas casas ahora eran nuevas, pero con un estilo distinto al de las casas en Pozuelos. Anteriormente se encontraban casas de adobe y de ladrillo, con techo de lámina la mayoría. Pocas casas de estilo tradicional quedaban en pie, si acaso dos o tres. Al hablar de casas tradicionales, me refiero a las construidas con madera y recubiertas con lodo, cuyo techo es de palmas y hojas en forma de cono. Cuando trabajé en Pozuelos hace años encontré dos casas así. Actualmente habría que constatar si todavía existen o ya han desaparecido. Pero estaba hablando de los cambios. Las casas que resaltaban ahora (resaltaban no por su estética, sino porque el choque de la vista en un contexto tradicional con casas más modestas a un lado o alrededor) eran  de un estilo norteamericano clase media. Me explico: casas de dos pisos, con ventanas de cancel y vidrios polarizados. Algunas con pequeños balcones y ventanas curvas. El camino había hecho que la modernidad llegara más rápido a Pozuelos. Zygmunt Bauman diría que el progreso líquido alcanzó a Pozuelos más rápido por este remedo de autopista de la modernidad, el propio camino que da a Pozuelos. Y en verdad que ha ocurrido de ese modo. 

viernes, 7 de junio de 2013

Regreso a Pozuelos

Me temo que en seis años el paraje Pozuelos que conocí, en Chiapas, ha entrado en la neblina de la desaparición. Es una extensa neblina que va cubriendo los alrededores y que vaticina un futuro incierto. No es que los pueblos deban seguir como siempre, sin cambios, pero la entrada en esta neblina trae paradojas irresolubles. Los caminos, antes de terracería, ahora están empedrados. Casas, antes de adobe y una que otra de madera con lodo y techos de palma ahora conviven con casas de canceles, vidrios ahumados y pequeños balcones. La escuela luce modernizada. Una de las casas que visito ha derruido la estufa Lorena (donde antes hubo un fogón tradicional) y los pobladores la han transformado en una estufa de metal, para irradiar el calor en la habitación. Detrás de esta estufa está un microondas y una estufa de gas. Es decir, donde antes se usaba una fuente energética (la leña) ahora se usa la leña, la electricidad y el gas. Me pregunto si ello es signo del progreso consumista. No se trata de ahorrar energía, sino de desperdiciarla. Se trata de tener. Me embarga una nostalgia por el Pozuelos antes de que entrara en esta neblina. 
© Pablo Chávez Hernández y Daniel Murillo Licea, todos los derechos reservados.