Me temo que en seis años el
paraje Pozuelos que conocí, en Chiapas, ha entrado en la neblina de la
desaparición. Es una extensa neblina que va cubriendo los alrededores y que
vaticina un futuro incierto. No es que los pueblos deban seguir como siempre,
sin cambios, pero la entrada en esta neblina trae paradojas irresolubles. Los
caminos, antes de terracería, ahora están empedrados. Casas, antes de adobe y
una que otra de madera con lodo y techos de palma ahora conviven con casas de
canceles, vidrios ahumados y pequeños balcones. La escuela luce modernizada.
Una de las casas que visito ha derruido la estufa Lorena (donde antes hubo un
fogón tradicional) y los pobladores la han transformado en una estufa de metal, para irradiar
el calor en la habitación. Detrás de esta estufa está un microondas y una
estufa de gas. Es decir, donde antes se usaba una fuente energética (la leña)
ahora se usa la leña, la electricidad y el gas. Me pregunto si ello es signo
del progreso consumista. No se trata de ahorrar energía, sino de
desperdiciarla. Se trata de tener. Me embarga una nostalgia por el Pozuelos
antes de que entrara en esta neblina.
viernes, 7 de junio de 2013
martes, 7 de mayo de 2013
Terje
Alguna vez dije que parecía un
duende noruego, que por allá se les llaman Alv. La expresión, la cabellera
anaranjada, la mirada. Lo conocí precisamente en Bergen, Noruega, hace ya
algunos años y he pensado que sí es un duende. Verán: me lo he encontrado en Uganda,
África, en un seminario en el que participamos hablando sobre agua y pobreza.
Yo no esperaba verlo ahí y él no me reconoció de inmediato. Se nos hizo extrañísimo toparnos luego de
varios años y en una latitud tan distante.
Meses después, una tarde paseando
por Marsella, caminando al azar por las calles cercanas al puerto, me lo
encuentro tomándose una cerveza, en un barecito del centro. Nos saludamos,
hablamos de la coincidencia de encontrarnos de nuevo y nos decimos salud. Sigo
mi camino; seguramente en alguna más de estas andanzas me lo volveré a
encontrar.
lunes, 22 de abril de 2013
La manzana diaria
Salía
de mi aparthotel (la espantosa palabra para designar un
edificio en donde rentan departamentos por tiempo definido, muy parecido a un
hotel, sin los servicios de este último) todas las mañanas y me dirigía al Foro
Mundial del Agua. Estoy hablando de Marsella, todavía. Sobre la avenida
principal que me llevaba directamente a la entrada del Foro, había una tienda
de abarrotes. Estas tiendas europeas tienen la ventaja de que no se han uniformizado:
de pronto algunas de parecen a las tiendas de cadena que tenemos en México,
pero el encontrar al mismo tendero y, muchas veces, con un mandil blanco, las
hace diferentes. La gente que va a comprar ahí ya se conoce. Y el tendero me
conoció después de una semana de ir todos los días a comprar una manzana. La
manzana más cara que pude haber pagado, pero el asunto era así: en Marsella
tenía antojo de manzana, ¿qué le voy a hacer?
Iba
mordiendo la manzana mientras caminaba hacia el Foro, unas quince cuadras más
allá. Me gustaba caminar por esa calle, con una manzana entre la mano y la
boca. Paso, mordida, mirada, paso. A veces se me hacía demasiado pronto llegar
a la puerta del Foro y necesitaba más calle para continuar con la caminata. La
manzana nunca duraba tanto: yo siempre tiraba el rabito en un bote a la entrada
del Foro.
Las
manzanas se intercambiaban: una vez era roja, al día siguiente era amarilla. Las
ocho y tantos de la mañana, y la gente en la calle era diferente. Excepto a los
dueños de los puestos de un mercado ambulante que llegaban, a esas horas, con
sus camionetas y comenzaban a bajar sus mercancías para poner sus puestos en el
camellón. Mismo que encontraba, a mi regreso, atestado de gente… Y yo, de
regreso, sin manzana.
jueves, 11 de abril de 2013
Cuatro prisioneros
Una celda, subiendo la escalera,
se presenta, en sí misma, tenebrosa a la vista. Al leer el letrero sobre la
puerta de hierro se vuelve todavía más sombría: “Calabozo para los condenados a
muerte. Fray Valére de Foenis, quemado vivo en 1588”. ¿Quién sabe cuántos más
fueron traídos allí y condenados a muerte? ¿Por qué razones?
Sigo subiendo las escaleras. Me
encierro en una de las celdas de la planta alta. La puerta pesada de madera y
los cerrojos apenas suenan, aceitados, seguramente, por los cuidadores del
castillo. Saco las manos por entre los barrotes de la puerta, gesto que, seguramente,
fue hecho por cientos de prisioneros. Me mantengo unos segundos en esa posición
y alguien, tras de mí, susurra…
sábado, 6 de abril de 2013
Un rinoceronte en If
Una pequeña sala de la planta
baja alberga un museo, en el castillo de If. Ahí aparece, ampliado, el grabado
de Durero (1515) de un rinoceronte. Una de las historias del castillo de If es
que albergó, en 1516, a un rinoceronte que había sido un regalo del rey de
Guzarat al rey de Portugal. Éste último decidió mandar tan espléndido regalo al
Papa León X. En su viaje de Lisboa a Roma, el barco que lo llevaba hizo escala
en el castillo de If. Seguramente el asombro fue lo que reinó esas horas en If:
la bestia espectacular, increíble, fantástica descendiendo del barco. ¿En una
jaula? Quiero pensar que bajó por su propia pata y que los marinos estaban pendientes
de cualquier movimiento, porque, según las consejas populares, el rinoceronte
era el peor enemigo del elefante, es decir, un ser espectacularmente fuerte.
Horas después, el barco en el que
viajaba el rinoceronte de Marsella a Italia sufrió un percance y el rinoceronte
murió ahogado. El cuerpo recuperado fue disecado y así se entregó al Papa.
Un año antes de esta visita
inesperada a If, Durero había realizado su grabado, basándose en la descripción
hecha en una carta por un mercader de nombre Valentim Fernández y en una carta
de un desconocido que, además, incluyó un boceto del rinoceronte. Teniendo como
referencia estas dos fuentes, Durero hizo su interpretación del rinoceronte y
ese grabado se muestra en If, como un homenaje a ese huésped inesperado y
extrañísimo que estuvo unas horas en esa fortaleza.
viernes, 29 de marzo de 2013
Inscripciones
En las paredes del rectángulo
formado por la entrada a la prisión de If, aún queda la huella de los que
fueron encarcelados: nombres y fechas grabadas en las piedras. Ahí, frente al
pozo que daba agua a la fortaleza, las paredes contienen una historia de los
prisioneros. Además de Edmundo Dantés, el personaje literario de Dumas, se
supone que en el castillo de If estuvieron encerrados el Marqués de Sade y el
famoso Hombre de la Máscara de Hierro. Me imaginé a esos tres personajes
recorriendo el mismo patio que yo caminaba. Pero en verdad ninguno de los tres
estuvo allí. Quien estuvo un año encerrado fue el defensor de la monarquía, el
Conde de Mirabeau. Y, según las inscripciones, varios prisioneros estuvieron
encarcelados por ser considerados socialistas.
Lo dijo Edmundo Dantés: “El castillo de If es una prisión del
Estado destinada solamente a los culpables políticos graves”.
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