La ciudad es tan
diferente de cómo la dejé hace un año… La nieve la hacía ver, paradójicamente,
más cálida. Ahora no hay nieve, aunque hace frío. Pero la ciudad parece
decrépita. Las calles que caminé hace un año me hacían resbalar, ahora no hay
ni aguanieve. El viento sí es frío y la bufanda y los guantes me ayudan a
agarrar calor. He dejado a Markus tras la reunión de un día completo, en la
sede de la Comisión Europea y ahora camino a mis anchas. Markus, por cierto,
quedó afónico después de la reunión, no tanto por haber ejercitado hasta el
paroxismo sus cuerdas vocales, sino por los nervios de la reunión boxística que
tuvimos con los evaluadores de la Comisión Europea. Al dirigirme hacia el
metro, por cierto, encuentro a los tres evaluadores en una esquina. Me saludan
amablemente, me sonríen. Se ponen de acuerdo hacia dónde ir, seguramente a
cenar. Para mis adentros espero que no me inviten con ellos y no lo hacen.
Decido caminar hasta mi hotel. Decido ver esas calles de manera diferente a
como las había recorrido. Quiero una cerveza, obscura. Enciendo una pipa y me
fumo el caminar en la noche que va cayendo sobre la decrepitud de la ciudad sin
nieve.
jueves, 19 de julio de 2012
martes, 10 de julio de 2012
Me detienen sin razón o Do we have a story here?
No he tocado aún suelo holandés, ya que estoy sobre la plataforma que conecta el avión con una sala del aeropuerto de Schipol. Me detienen agentes de migración vestidos de civil que me muestran, orgullosos, sus placas.
Me retiran mi pasaporte y me invitan a sentarme en la sala de espera.
Detienen a otros pasajeros más, todos con pinta de proceder de países “en vías
de desarrollo”. Una agente de migración guarda, con gestos de malvada, mi
pasaporte entre las manos, junto con los de los demás pasajeros detenidos. A un
hombre frente a mí, que se tocaba un costado y se doblaba del dolor, le
interrogan. Hasta donde entiendo pasó por México y va de regreso a Dubai. Tiene
un dolor agudo en un costado, aunque de pronto pienso que está fingiendo. Abren
su maleta y lo registran, minuciosamente. Lo dejan ir.
Revisan a los demás y al final quedo yo, con dos agentes de migración, la
malvada y un tipo de cabello corto y cara de amable. “El policía malo y el
bueno”, pienso. Empiezan a interrogarme, revisan mi maleta. Revisar es poco: la
vacían, caen al suelo unos calcetines, sacan a flote mis calzones. Me piden les
compruebe que tengo reservación de hotel, me solicitan que les muestre mi
itinerario y una invitación a la reunión a la que asistiré en Bruselas. Lo
único que llevo impreso es mi itinerario de vuelo. De Schipol saldré (o
saldría, pienso en ese momento), hacia Bruselas. Había anotado la dirección de
la reunión y de mi hotel en una libretita que me ha servido de memoria. Así lo
digo, “Let me see my memory card” y muestro mi libreta. A la guardia no le hace
gracia. El otro agente sonríe y la toma.
Revisan mi pasaporte, encuentran el visado de Uganda y comprueban que pasé
por Holanda hace tres días. Me preguntan mil cosas, arrebatándose la palabra.
Creen que tienen un caso: un mexicano que ha estado dos veces en menos de una
semana en Amsterdam. No pueden creer que
alguien haga un viaje así de largo en tan corto tiempo.
Me preguntan si tengo mucho dinero para costearme los viajes, no lo pueden
creer. No los culpo: ¿quién pudiera creer la estupidez regada en las
instituciones mexicanas por más que explico que por culpa del sospechosismo
fascista de la contraloría mexicana uno no puede tomar dos días de vacaciones,
uniendo dos destinos internacionales? Eso hubiera permitido un ahorro a la
Nación. Pero como el león cree que todos son de su condición, prefieren ver
corrupción por todos lados.
Los agentes aduanales se miran. Parece que comparten un código secreto. Me
piden les compruebe mi reservación de hotel en Bruselas. Les digo que si hay
conexión a internet puedo mostrarles mi correo de reservación. Se miran. Les
digo que traigo una computadora portátil (ellos ya la vieron, por supuesto). El
tipo acaba de sacar de mi maleta mi tubo de Salbutamol. Lo ve y le da vueltas
entre las manos. Hago mímica, mostrándole cómo lo utilizo. El tipo lo deja y entonces
toma mi cuaderno, lo abre, hojea, lee lo que su escaso entendimiento del español
le deja, mientras lo guarda; revisa mi “memory card”. Le señalo las direcciones
del hotel y del lugar de la reunión, anotadas por mi puño y letra.
Han pasado más de quince minutos. Cuando estoy por encender mi computadora,
me piden que la guarde. El tipo dice, de nuevo, que por qué en el primer viaje
fui de México a Amsterdam, luego a Nairobi y a Uganda. Y por qué regreso a Amsterdam
tres días después. No se lo pueden explicar. Les doy la razón, se los digo: la
estupidez mexicana no es explicable. He de argumentar más, me preguntan que
dónde trabajo, quién paga el viaje, el motivo, a quién voy a ver.
Interrogatorio de película y la guardia con su rostro agrio. Ya tengo ganas
de orinar y ellos siguen con sus preguntas… que cuántos días estaré en
Bruselas, que por qué sólo tres días, que por qué estuve antes en Amsterdam,
que a dónde voy, que si tengo direcciones o contactos… Me acuerdo de Markus, a
quien veré en la reunión y maldigo los viajes relámpago a Europa que me invita
a hacer… Y yo vuelvo a responder. Una, otra, otra y otra vez.
sábado, 23 de junio de 2012
La estupidez burocrática (40 horas en Cuernavaca)
Debido a que en
México uno es culpable hasta que pruebe su inocencia y los contralores prohíben
tomarse días de vacaciones durante comisiones internacionales, no me quedó más
remedio que regresar de Uganda a México, esperar 40 horas en Cuernavaca y salir
a Bélgica. Tiempo y dinero pudieron ahorrarse si tan sólo esas 40 horas las
hubiera podido pasar yo en Bélgica o en Amsterdam o en cualquier otro lugar,
enlazando mis dos viajes. Pero no, ya se ve, una prueba fehaciente de que la
estupidez avanza. Y una nota airada más: precisamente uno de estos personajes me
busca y me hace firmar un documento con fecha 30 de noviembre (cuando yo estaba
en África), el día 5 de diciembre, a escasas horas de salir con rumbo al
aeropuerto, de nuevo. Lo hace para salvar el pellejo de otro de sus colegas.
Díganme ustedes si esto no es estupidez. Ni modo, así están nuestras pobres
instituciones actualmente, pintaditas de azul mediocre. Y ustedes han de
disculpar.
lunes, 14 de mayo de 2012
Un día de conversación
Debíamos esperar unas diez horas
antes de salir al aeropuerto, para regresar cada quien a su país. Juan
Fernando, a Ecuador; yo, a México. El primer tramo lo haríamos juntos, hasta
Amsterdam. De ahí cada quien seguiría su camino. No podíamos salir a Kampala,
nos recomendaron no hacerlo solos, así que preparamos las maletas, desayunamos
con toda celeridad y, durante el día no hicimos otra cosa mas que tomar café,
fumar y conversar. Bueno, conversar es un decir porque soy muy mal conversador.
Más bien acompañar a Juan Fernando en su conversación. Es increíble cómo se
pueden tocar temas tan íntimos con alguien que prácticamente se acaba de
conocer. Juan Fernando me contó parte de su vida, de su juventud, de su
estancia en México, de su regreso a Ecuador, de su vida en Nueva York. Sin
parar de fumar, ya caminando, ya sentados. Observando a las mujeres que barrían
los jardines del hotel, en esa posición de L extrema que tanto me sorprendió:
se agachaban para barrer el piso tan cerca de él que era imposible que quedara
una sola hoja tirada. Y la conversación continuó en el aeropuerto de Schipol,
mientras hacíamos compras y esperábamos la salida de los respectivos aviones.
Un día lleno de palabras.
domingo, 6 de mayo de 2012
“A glass of water”
Juan Fernando y yo coincidimos en
que el inglés que hablan los ugandeses es difícil de entender. Utilizan un
acento británico-suajili muy extraño para el oído latinoamericano. También
hemos notado que el tono al que se dirigen con los clientes denota un dejo de
sumisión, que nos parece molesto. En esa conversación estamos, sentados en uno
de los restaurantes del Hotel Speke, cuando se acerca la mesera para ver si se
nos ofrece algo. Pido una cerveza y Juan Fernando dice: “A glass of water”. La mesera lo ve fijamente, unos segundos, extrañada,
luego medio sonríe y me ve a mí. Le hace saber a Juan Fernando que no le ha
entendido. Él repite la frase. Ella refrenda el gesto de extrañeza. Él varía la
pronunciación: “A glass of warer”.
Ella lo mira fijamente, vuelve a sonreír; disculpándose, le dice que no le
entiende. Juan Fernando se comienza a desesperar, me ve y me dice en español
que cómo no entiende que quiere un vaso con agua. Vuelve a repetirlo, lentamente.
La mesera vuelve a sonreír, lo mira, me ve y repite que no entiende. En ese
lapso, recuerdo la pronunciación de una de las meseras, días antes. Le digo: “He wants a glass of wata”. Y a ella se
le ilumina el rostro. “Wata, wata, OK”.
Juan Fernando me ve, sorprendido. Un minuto después tiene frente a sí su
deseado vaso de agua. Yo temo que la mesera me traiga la cuenta, sin la
cerveza, de nuevo. Pero segundos después yo obtengo, también, mi cerveza.
miércoles, 2 de mayo de 2012
Desayuno a la orilla del Lago Victoria
El sol empieza a aparecer sobre las
nubes que ayer menguaron al soltar la lluvia que cargaban. Pese a ello no se
siente el bochorno que acompaña el cambio de un día húmedo a uno soleado,
como el que se anuncia hoy. El Lago Victoria recibe los colores rosados del día
que comienza y yo me siento frente a él, para degustar el desayuno. El día
vuelve a comenzar con los sabores extraños de estos lares, con la luz que no se
puede atrapar ni describir con precisión. El restaurante tiene una tarima de
madera que se posa sobre el lago. Una sombra pasa sobre mi desayuno, una sombra
alada: un pelícano sobrevuela el escenario y se posa en las rocas, cercanas al
lugar en donde me encuentro. Un café, el café africano es bueno. Nada hay como
disfrutar ese café a la orilla del Lago Victoria y comenzar la conversación con
ese pelícano viajero.
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